María Martha Paz

Híper

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Cuando Lucía entraba en su trabajo, empezaba a hablar y no paraba. Pero no siempre había sido una gran oradora: en cuarto grado se negó a leer unas palabras en el acto de la bandera y en sexto a despedir a de séptimo y eso que conocía a tres compañeros.

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Poesías en el Sol.

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maria martha

Como parte del proyecto de poesía, los poetas locales Andrés Aburto y María Olga Martínez (Olguita) visitaron la Escuela del Sol el viernes 2. En un encuentro cordial donde primó el amor a la literatura, los escritores compartieron sus poesías con los alumnos de 4°y 5° grados.olga-y-andres-2

Para comenzar la jornada, Olguita leyó poesías publicadas en su libro “Todo un mundo de poesías” y Andrés, de su libro “Un trovador en el sur”. A continuación, los chicos de 4° leyeron y recitaron sus propias poesías creadas con los docentes, y los alumnos de 5° hicieron preguntas que habían preparado para la ocasión. Finalmente, poetas y alumnos intercambiaron regalos: ¡libros!

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El resultado: autores, niños y docentes felices. Los docentes agradecieron especialmente a los poetas por compartir sus palabras, su tiempo, sus libros y sobre todo, la pasión con que transmiten su vocación.

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Reseña: Variaciones sobre mi barrio

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maria martha

La adolescencia es un período extraño que, cual una bisagra, une la infancia y la adultez. Nos atraviesa no sólo el cuerpo sino también el alma. Aparecen nuevos intereses y emociones muy diferentes a los de la niñez. Los sentimientos se intensifican y nos marcan para el resto de nuestras vidas. Nos cargamos de amigos, amores, miedos, pasiones, …en fin historias que se vuelven anécdotas para siempre.

frenteeEn Variaciones sobre mi barrio, Daniel Tórtora logra redescubrir su barrio de la infancia y la adolescencia. Un barrio único en su tiempo y espacio, Ramos Mejía, pero que bien podría ser el de cualquiera que se haya criado entre padres, abuelos, vecinos y amigos rodeado de calles empedradas, casas bajas, una escuela, un club y una plaza como lugares de encuentro.

“Caminar por mi barrio, aún hoy, cuando la tarde envejece, es lo más parecido a la felicidad” -dice el autor-.

Felicidad de poder elegir quedarse con lo bueno del pasado, con lo mejor de las personas que nos ayudaron a transitar aquella época de la que se decía que dolía, pero que hoy a la distancia, se extraña y nos traza una sonrisa.

Diez relatos más anotaciones o acuarelas llenas de calidez nos cuentan de la amistad, el amor, los enojos, el compañerismo,… la vida.

“Desde el techo empecé a ver que las cosas no siempre son como se ven al ras del piso, ni mi casa, ni mi barrio, ni los vecinos. Nada en el mundo es igual desde los techos, obviamente, tampoco el amor.”

Miradas, palabras y silencios cómplices que construyen nuestra personalidad e identidad. Personas y personajes viajan desde un pasado no muy lejano para encontrarse en textos maravillosos como Las llaves, Entrada triunfal, Fotos o Techos y recordarnos que son parte de nuestra historia y nuestra vida. Un libro para leer y releer con ganas de recordar, revivir y emocionarse.

 

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Literatura y faros

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maria martha

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La literatura y los faros se han encontrado a lo largo de la historia en poesías, cuentos y hasta novelas. El faro constituye muchas veces la metáfora de la soledad, el elemento de encuentro con sí mismo, la lucha contra el todo. Así, la literatura y faros confluyen en obras de autores clásicos como Edgar Allan Poe, Julio Verne o Virginia Woolf hasta autores más actuales como Carlos Ruíz Zafon, Camilla Läckberg y la ilustradora infantil Isol.

Edgar Allan Poe murió el año en que estaba escribiendo su obra titulada por el biógrafo George E. Woodberry como El faro (1849). Este texto inconcluso, posiblemente un cuento, trata sobre un hombre que el 1° de enero de 1796 se muda a un faro de algún lugar de Escandinavia luego de atravesar una tormenta. Escrito en forma de diario, el personaje confiesa su pasión por la soledad y se siente feliz de estar aislado de la sociedad, acompañado solo por su perro Neptuno, para poder escribir su libro. En el faro se escucha un eco a través del muro, que crea una sensación de aprensión y paranoia, típica de Poe. La última anotación corresponde al 4 de enero y está en blanco. Este texto ha sido inspiración para otros escritores quienes imaginaron historias de terror y muerte en el faro.

El faro del fin del mundo (1905) es quizás la obra más oscura de Julio Verne,  muy diferente de las historias llenas de fantasía más conocidas. Es un libro que se enfoca en la violencia y la crueldad de unos piratas que atacan al faro de la Isla de los Estados donde confluyen los océanos Atlántico y Pacífico y matan a dos de los tres fareros. Vázquez, el jefe de los fareros y único sobreviviente que logra escapar, es un hombre valeroso y sagaz que procurará sobrevivir en aquel desolado paraje. El marino Davis subsiste al naufragio del barco Century y logra llegar a la isla. Se alía con Vázquez para enfrentar juntos a los piratas.

Años más tarde, la autora de Una habitación propia, Virgina Woolf en su novela Al faro (1927) ambienta en dos días separados por diez años la vida de la familia Ramsay en una isla de Escocia. La trama se centra en las reflexiones sobre una visita a un faro y las tensiones familiares conectadas. Muestra las vidas de los habitantes de una nación en medio de la guerra explorando además el paso del tiempo y cómo los hombres toman de las mujeres la fortaleza emocional.

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En el Capítulo XIV del libro más leído en francés, El Principito (1943) llega a un planeta diminuto que cada año gira más rápido donde vive solo un farolero junto a un farol al que debe encender todas las noches y apagar todos los días. El trabajo parece absurdo. Sin embargo, el Principito lo encuentra mucho menos ridículo que el del rey, el vanidoso, el hombre de negocios o el bebedor, ya que el farolero es el único que se ocupa de algo ajeno a él. El Principito sabe que añorará aquel planeta, “sobre todo, por las mil cuatrocientas puestas del sol, ¡cada veinticuatro horas!”

El príncipe de la niebla es la primera novela publicada por Carlos Ruiz Zafón. Cuenta la historia de la familia Carver que en 1943 escapa de la ciudad y la guerra para asentarse en un pueblo tranquilo al lado del mar. Uno de los hermanos entabla amistad con el nieto adoptivo del farero, quien hace 25 años construyó con sus propias manos el faro después de salvarse de un trágico naufragio. La sincera amistad entre ambos chicos, sus aventuras estivales, los espeluznantes personajes y la dulce historia de un primer amor hacen de este libro un relato inolvidable que atrapa desde la primera hasta la última página.

Los vigilantes del faro es la novela más espectral de Camilla Läckberg. Una historia de antiguas leyendas y tragedias familiares entre la década de 1870 y la época actual. Después de muchos años, Annie regresa a Fjällbacka junto con su hijo y se instala en el faro abandonado de la isla de Gråskär, propiedad de la familia mientras que su antiguo novio aparece asesinado. Desde la «isla de los espíritus», llegan voces extrañas en la noche y rumores acerca de muertos que vagan libremente circulan por el pueblo. Estos sucesos crean una atmósfera de misterio y suspenso iluminada por la luz del faro.

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Con Nocturno: Recetario de sueños, la artista Isol regala sueños felices de manera original y realmente divertida. Según ella misma anuncia en el prólogo de esta pequeña obra de arte: “Un sueño poco interesante es una noche desperdiciada.” Propone entonces este libro confeccionado para brillar en la oscuridad, para colocarlo de pie cual faro en la mesa de luz y viajar a otros mundos con cada frase y cada ilustración. Ninguna página será lo que parecía antes de apagar la luz, porque todas encierran alguna sorpresa que sólo la noche descubrirá. Un hermoso regalo para niños y mayores.

Literatura y faros van unidos desde las fogatas ancestrales donde brujos y cuenteros cocinaban versos e historias al calor del fuego vivo de aventuras y viajes, tradiciones y héroes. Por un lado, palabras con olor a viento y sal. Por el otro, los faros, con la soledad del mar y las estrellas. Juntos han encendido a escritores de todas las épocas y los han iluminado susurrándoles misterios hechos historias de olas y espuma, silencio y eco. Como afirma Calvo Serraller, “si la aventura es el mar, el faro es el pañuelo de luz que siempre confía en encontrar al navegante. El último en decirle adiós y el primero en recibirle, incluso cuando todo se hace tiniebla”.

 

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Malas lenguas

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maria martha

Estaba decidido a borrarme de su vida al igual que lo había hecho con nuestro padre. Atrás quedó nuestra infancia entre caballos y vacas. Se había ido a estudiar a la ciudad y allí se había quedado. Había conseguido esposa y trabajo en el Banco Ciudad. No le gustaba, pero el orgullo pudo más. No recibiría dinero de mi padre. Los números otra vez decidieron por él. Ellos nunca se equivocaban, eran exactos. “1 + 1 siempre son dos”, repetía convencido. Se había ido buscando dinero y había vuelto siguiéndolo.

Todo había empezado con un simple “Me quedo” recibido con aplausos por la familia. Había venido a visitarme a la chacra para Navidad. Se entusiasmó, soñó y se quedó. “Año nuevo, vida nueva”, creyó iluso. Después, vinieron la mudanza, el trabajo nuevo, vida nueva. Parecía que con sólo mirar por la ventana y respirar paisaje bastaba para alejarse de los mostradores de la ciudad. La sensación de hormiga finalmente acabaría. ¿Bastaba realmente? Quizás durante los primeros meses sirvieron de desintoxicación. Después, los vicios de la ciudad comenzaron a aflorar.

Junto con Juan, mi marido, armó una empresa para administrar campos que duró unos pocos meses. Él puso algo de dinero que le prestó su suegra. Mi esposo: el trabajo, las herramientas y su firma en cuanto papel había. “Los negocios en familia siempre fallan”, había augurado un amigo. La sociedad finalmente se disolvió y nuestra relación, también. Y ahí estábamos discutiendo si treinta o treinta y cinco, si el cinco o el diez de cada mes, como chimangos tironeando un cacho de liebre calentita recién aplastada por un auto.

Había pasado el día pactado. Los llamados reclamando el pago se repetían cada mañana desde hacía cinco días. La suma era exagerada y todavía restaban diez cuotas. El negocio iba bastante bien y juntar la plata todos los meses no era tan difícil si limitábamos las salidas y comíamos fideos cuatro veces por semana. El dinero no era el problema. Eran sus gestos, esa sonrisa ladeada y el dedo índice, firme, húmedo pasando los billetes lentamente. No lograba conectar a aquel usurero con el niño de dos años que saltaba de mi mano los charcos y la bosta yendo ocho veces del uno al tres para que él aprendiera a contar. “Uno, dos y…” recitaba la niña cuatro años mayor, a lo que él entre risas y mocos respondía “TRES”. ¿Cómo había saltado ese hombre del tres a los diez miles? ¿En qué momento un inocente se había convertido en aquel experto contador de billetes?

Llegó a la chacra antes de lo esperado. Entró en el escritorio rodeado de un halo de silencio y oscuridad.  Pasó y se instaló en uno de los sillones. Le entregué el sobre abultado con el dinero como todos los meses. Lo abrió, sacó los fajos y buscó la almohadilla ennegrecida para humedecer su dedo. Comenzó la cuenta. De a uno los billetes se sucedían con su índice rígido.

Al terminar con el primer atado, lo acomodó en el bolsillo interno de su campera. Aproveché aquel instante para ordenar frascos y papeles del escritorio sin uso. Él decidió seguir con el segundo fajo. Buscó nuevamente la almohadilla sucia pero no la encontró. Examinó distintos lugares del escritorio abriendo cajones bruscamente como si él todavía perteneciera a ese lugar. Finalmente, malhumorado se resignó a salivar su dedo con la lengua y continuó la cuenta. Como parte de la ceremonia, los fajos ya revisados se iban amoldando a las distintas partes de sus ropas. Entre fajo y fajo, su mirada extrañada buscaba la almohadilla y su boca y su dedo se humedecían y secaban según avanzaba el recuento. Su respiración ansiosa se abría paso con dificultad a través de los labios resecos. “Las cenizas,” aclaró.

Para concluir, sacó un talonario de recibos, escribió la suma pagada y firmó conforme. Se retiró alegre con los bolsillos llenos y la punta de uno de sus dedos negra.

A los pocos días, escuché el rumor en el pueblo. Hablaban del hombre del dedo sucio y bolsillos pesados que había caído muerto cerca de la ruta. “Un gran temblor lo sacudió y su cabeza cayó hacia atrás. El rostro perdió todo color, toda apariencia de vida. Estaba muerto”, contaba Malaquías, el carpintero. Me controlé pensando: “¡Oh, Señor, fulminad mi lengua porque estoy por decir cosas poco convenientes!” Para no pecar con mi lengua, puse una mordaza en mi boca, me humillé enmudeciendo, me abstuve de hablar hasta de las cosas honestas durante meses.

Sólo recuerdo que las emociones del primer instante fueron indecibles, porque ni mi lengua ni mi mente habían sido educadas para nombrar aquel tipo de sensaciones. Y así fue hasta que acudieron en mi ayuda otras palabras interiores, oídas en otro momento y en otros sitios, y dichas, sin duda, con otros fines, pero que me parecieron prodigiosamente adecuadas para describir el gozo que estaba sintiendo, como si hubiesen nacido con la única misión de expresarlo.

Volví a casa, me solté el pelo y me saqué los zapatos y el reloj. Me serví una copa de vino y mojé mis labios en el tinto. Me los relamí. Apoyé la copa en la mesa ratona. Acomodé las cenizas del hogar hacia un lado y avivé el fuego.  En el sillón de enfrente, me acosté con un libro en las manos. Lo hojeé hasta llegar a la página señalada: “Después rogó a Severino que abriese la boca del cadáver y observara la lengua. Intrigado, Severino cogió una espátula fina, uno de los instrumentos de su arte médica, e hizo lo que le pedían. Lanzó un grito de estupor: ¡La lengua está negra!”

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