Gustavo Felici

UN FLACO ETERNO

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A fines del 2001, cuando el presidente se fugaba en helicóptero y asesinaban gente en el centro, el flaco tenía programado un concierto en el mítico estadio Obras. Dadas las circunstancias, el recital se pospuso unos días, justo para antes de fin de año. “Vamos a tener que laburar mucho” dijo el flaco. Y dio un show increíble, para variar. En la banda estaba Javier Malossetti en el bajo, quien volvía a tocar con el flaco luego muchos años.

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Poco tiempo después, a principios de febrero de 2002, Malosetti tocaba con el quinteto que tenía entonces, en donde lo acompañaban otros cuatro animales. Los tipos le volaban la peluca a cualquiera a puro jazz. Era una sala en un primer piso en un local en Palermo, en la planta baja había un bar-biblioteca. Era tan pequeña que cabíamos 60 o 70 personas. Yo estaba en la primera fila, si estiraba un poco el pie, le pisaba los pedales de efectos a Malossetti. Luego de casi una hora de música, en el último tema antes del intervalo, Malossetti volaba con los dedos en medio de un solo furioso, con la banda sonando a pleno. Los vientos estaban a punto de explotar, los teclados en llamas y el baterista se dislocaba varios huesos de los aporreos que mandaba. Y en medio de las notas que disparaba el bajo, Malosetti levanta la cabeza, mira al fondo de la sala y saca el riff inconfundible de “Post-crucifixion” y sigue con el “solo”. Termina la canción, y luego todos al hall para el descanso. La sala se iba despejando por un rato, las pocas decenas que éramos, no tardamos mucho en salir. “No puede ser” pensé. Salí al hall, bastante chiquito, acorde con el tamaño de la sala. Y sin tener tiempo de pensar demasiado, ahí estaba el flaco, con ropa deportiva, como usaba en esa época. En un lapso de tiempo muy difícil de contabilizar cronológicamente, mil cosas me pasaron por la cabeza. Canciones, letras, miles de momentos con la música del flaco como banda de sonido: viajes, ensayos, cuelgues. Sus discos, dibujos, entrevistas, conciertos. Todo estaba ahí, a centímetros de distancia, y él como si nada, como si fuera cualquier tipo más. Sin obedecer a ninguna señal conciente, me acerque y muy vergonzosamente me salio: “gracias por tu música”. El flaco me miró, me tomó el brazo derecho y me respondió: “gracias a usted, por prestarle atención”. Siguió la segunda parte del concierto. Volví a la primera fila, el flaco volvió a la última. La segunda parte del recital fue aún mejor. Cuando terminó, bajé, crucé por el bar y salí a la calle, ya de madrugada. Cuando levanté la vista, el flaco cruzaba casi corriendo, con su tan particular manera de andar. Se subió a un pequeño auto negro, arrancó y se fue. Me quedé mirando largo rato hacia el final de la calle…Después vendrían otros conciertos, habría más discos. Y la inconmensurable aventura de las bandas eternas; que luego de eso, solo le quedó descubrir su vuelo al fin.

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