Graciela Rapán

EL PEREGRINO DE MEDIANOCHE

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Cuento perteneciente al libro del mismo título.

 

En las noches de plenilunio y en las noches sin luna, cuando sólo las estrellas dan esa pizca de luz que apenas alcanza para no tropezar, en los caminos oscuros y solitarios se puede percibir la silueta azul del Peregrino de la Medianoche.

Dicen los que han tenido la suerte de encontrarlo que parece una gema que rodara por el sendero, andando casi al trote con sus piernitas que no miden más que un pulgar, y que llena de alegría el corazón de quienes lo ven.

Cuenta la leyenda que era un juglar, el mejor de todos, que hacía increíbles juegos de malabares mientras cantaba, con una voz grave y cálida, antiguas tonadas campestres que hacían brotar las flores en cualquier época del año, trayendo el recuerdo de la primavera. Que era el hijo de un hada que había visitado el reino de los hombres y, enamorada de uno, nunca había vuelto a su hogar. Que de su padre había heredado una voz capaz de cautivar a un hada y de su madre, un toque de magia. Que por eso su voz hechizaba al auditorio y calmaba a las fieras.

Dicen los viejos decidores de historias que una noche, a la luz de una hoguera, el juglar estaba haciendo su mejor actuación en un campamento de gitanos. Tenía varios platos en equilibrio sobre varillas, hacía el mismo tiempo malabares con tres pelotas de colores y cantaba, y de sus manos salían chispas multicolores ante un auditorio inmóvil de asombro. Dicen que los platos quedaron fijos y las pelotas se congelaron en el aire cuando los ojos del juglar se cruzaron con los de una doncella, que lo espiaba entre los árboles; una muchacha con cabello de noche, ojos de estrella y una piel suave que brillaba con un tenue resplandor azul.

Cuentan que el juglar abandonó todo y a todos, congelados como estaban, para irse tras la muchacha y amarla debajo de un almendro blanco, el árbol de los enamorados, en la hora sin tiempo que está entre la última campanada de un día y la primera del siguiente.

Y dicen las malas lenguas que la Dama de la Noche, Madre de todos los gitanos, encontró el campamento inerte y maldijo a los responsables de su quietud. Que escuchó sus risas sin culpas  y los encontró abrazados, cubiertos apenas con pétalos de flores de almendro, mientras su pueblo estaba petrificado y silencioso. Dicen que la furia de la Dama alcanzó a los amantes, a quienes separó inmediatamente. A ella la puso en una jaula lejos, lejos. A él lo condenó a recorrer una distancia igual a  mil veces mil la distancia que separa la tierra de la luna antes de que pueda volver a tocarla. Ella alcanzó a tomarle las manos y algo de la luz azul de su piel pasó al juglar, que comenzó a brillar a medida que su cuerpo se achicaba cada vez más, hasta no ser más grande que una manzana.

Porque tan enorme era la furia de la Dama de la Noche que, para hacer más largo y penoso el caminar, redujo el tamaño de sus pasos al largo de una aguja y determinó que sólo podría moverse durante esa hora sin tiempo que separa un día del otro. Con el primer tañido de la madrugada el juglar queda convertido en una piedra, no más grande que guijarro, para retomar su peregrinar cuando suena la última campanada del día.

Y sin embargo, cuentan que dicen los que aseguran haberlo visto, que el juglar no está triste sino que va cantando mientras avanza, porque cada paso que da, por pequeño que sea, lo acerca más a su amada. Y que mientras camina entona su balada de esperanza

Sueños imposibles no hay,

solo algunos que son

más difíciles de alcanzar.

Sueños imposibles no hay

siempre que tu corazón

esté dispuesto a luchar.

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