Ana María Manceda

Derrumbe

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ANA 2014

Este cuento obtuvo el 1º PREMIO INTERNACIONAL EN NARRATIVA por edit. Artes y letras 2008

derrumbe

─Tome un mate y coma una torta frita, por ahí se le va esa cara tan seria, usté es muy  preocupada.

─¿Te parece? ─ Y ella se rió.

Al devolverle el mate la miro, Blanca tiene la risa más  cristalina y sonora que he conocido. Es como el sonido de las aguas  del bosque que caen en cascada. Es el paisaje de la infancia de Blanca ¿Tendrá que ver?                    ¿Será mi desarraigo, esos pedazos de pieles arrancados a la vida , la nube que produce mi expresión preocupada?

─Tenés  razón Blanca, las tortas están exquisitas, en mi tierra  son distintas,  flaquitas, no usamos levadura, éstas son más ricas. ¿Así que lo de la casa va viento en popa?

─¡Ajá! Va bueno doña Eugenia, quería invitarla para el Domingo ¿Podrá ir?

─Sí por qué no, iré por la mañana debo regresar temprano, luego me encierro a corregir los trabajos de mis alumnos, el lunes los tengo que entregar.

             Cuando terminó su rutina se despide. La veo salir por el sendero hacia la calle. Contradicción. Me siento feliz de quedar sola con Yuko, mi perro labrador, por otra parte siento su ausencia.  Podíamos estar largos ratos  sin hablar, cada una en sus quehaceres,  por ahí yo emito alguna frase para provocar su opinión y ella carga con esa lógica aplastante que no la da ningún libro. Estoy bien, mañana arribará de nuevo, debe atender a sus hijos.

             El espejo me devuelve la cara de una mujer cuarentona y melancólica. Me excuso. Dejé todo. Familia, paisaje, olores, historias. Todo quedó a dos mil kilómetros de distancia y a dos mil años de ausencias. Llegué al sur, a la Patagonia,  tratando de empezar una nueva vida, pero uno viaja con su mochila. Siempre. Del Atlántico al Pacífico, tan solo me separa de sus playas la Cordillera de los Andes, solo eso. De todas maneras siento sus vientos en este pueblo de bosques, lagos y montañas. Y también las lluvias y la nieve.                                                                                                                 Hora de clases. ─Profe, Profe ¿ Cómo saco en el mapa los kilómetros de distancia con la regla?  Me perdí.

─¡Mm! Prestá atención, fijate en la escala, si te indica milímetros los pasamos a centímetros y más menos colocamos la regla sobre los puntos que queremos investigar.

Según los centímetros sabremos la cantidad de kilómetros ¿Estamos?

             El trabajo nos había llevado dos semanas. Era una investigación de las posibles consecuencias ambientales que en  nuestra región  ocasionarían los ensayos nucleares en una de las islas del Pacífico.  Teniendo en cuenta que ésta zona es sísmica y volcánica, cualquier presión de esa envergadura sobre las placas tectónicas del continente que se expanden debajo del océano podría producir deslizamientos y consecuencias graves.  Las conclusiones de la investigación irían adjuntas a una petición de suspender los ensayos nucleares al Gobierno y a la embajada del  país que produciría las explosiones atómicas. Este tipo de trabajos les apasionaba a mis alumnos, se sentían protagonistas y  a mí me permitía dictar la materia  Geografía de una manera dinámica a la vez de crear conciencia ecológica. ¿Nos responderían?  Dictar clases en una escuela secundaria estatal en estos pueblos alejados de la Capital era un placer. Arquitectura adaptada al rigor climático, calefacción en todas las aulas. Concurren alumnos de clase media, baja y media alta. Hace poco abrió un colegio privado, bueno, semi-privado, ya que tienen subsidio del Estado. Hacia allí emigró una pequeña población de alumnos de clase media alta y de los que quieren ser. Cuotas caras y estima social. Así es. Pero se perdieron de realizar el trabajo ecológico, hasta el momento solo lo hacemos en la escuela estatal. ¿Qué le importa a los privados que la Placa de Nazca se deslice debajo de la Sudamericana y provoque terremotos? ¿Lo sabrán?

             Domingo. Salgo a las once de la mañana, es otoño y la temperatura está bajo cero. Me dejo llevar por Yuko, tira fuerte de la correa. El paisaje es una ceremonia de colores, el crujido de las hojas, repito en mi mente, solo es una muerte transitoria, mi melancolía es una muerte transitoria, debo vivir, vivir. A medida que voy subiendo las laderas veo el pueblo, mezcla de edificios modernos y casas antiguas          ¿Cómo las percibo? Sus chimeneas emiten el humo de las costumbres heredadas de los viejos hogares.  Lo moderno es tener calefacción a gas, pero el olor a  Ñire quemado  invade una historia cálida de colonos; boers, franceses, alemanes, ingleses, argentinos de provincias norteñas  e indígenas, originarios dueños de estas tierras. Olores, siempre olores atados a los recuerdos. Aquí no están los míos. Abajo, no tan lejos, el lago, azul, verde, y el sol jugando a las escondidas en  los bosques. Hay troncos caídos, admiro los líquenes que se adhieren como un tapiz a su corteza.  Sé de la importancia de estos seres como índices biológicos de la pureza del aire. Aire oxigenado. En las grandes ciudades ya no se ven, excepto en las ramas muy altas de los árboles. A veces.

             Estoy llegando, las casas del plan social se ven casi terminadas, hay  más, muchos más troncos caídos, han desmontado la ladera para poder edificar. Los terrenos son fiscales, la discusión está a que jurisdicción pertenecen, si a la provincia o a Parques Nacionales. La gente necesita las viviendas pero es indudable que los políticos necesitan los votos y no se detienen ante nada. Este desmonte va a traer graves consecuencias.

Me recibe la algarabía de los chicos. Risas, gritos, la oscuridad del lugar, el suelo helado y la pobreza se desdibujan ante las caras coloradas.

─Señora Eugenia ¿Se queda a comer?¿ Se queda hasta la tarde? Me pregunta Pedro, el mayor de los hijos de Blanca. Lo acaricio, le doy la bolsa con los regalos. Se acercan sus hermanos y otros chicos vecinos.

Dentro de la casa, al lado de la cocina a leña charlamos con Blanca. Pedro y sus hermanos entran y salen, desesperados por comer las golosinas antes del almuerzo. Se escucha el ruido d las sierras eléctricas.

─¿ Siguen desmontando Blanca?

─Y sí, necesitamos espacio,  además para tener un poco de sol, esto es muy oscuro.

─No deja de ser peligroso, los árboles fijan el suelo y equilibran el ciclo del agua. En la época de lluvias se va a lavar ese suelo, pueden ocurrir desmoronamientos.

─¡Qué va! A nosotros no nos dijeron  nada.

No opiné más. No tenía derecho. Estaba tan ilusionada con su casa. Miré por la ventana, el cerro estaba ahí nomás, era un paredón de rocas amenazantes, debían hacerles una contención. ¡Basta de preocupación! A disfrutar con esta querida familia. Luego del guiso exquisito, el postre, la caminata por la zona y la felicidad de los chicos, regresé a mi casa con un Yuko agotado, igual que  yo, nos acompañó una caída violenta del sol tras los cerros y el frío que se adhiere insobornable, imagino el horizonte y el dulce atardecer de la llanura, rojo recuerdo. Llegamos, los hijos de Blanca son una cálida esperanza.  Fue un día pleno.

             Y la época de lluvias comenzó, alternadas con fuertes nevadas. Reino de los turistas esquiadores. Pueblo de postal, hacia el este, cerros boscosos con pistas de esquí. Hacia el oeste cerros boscosos, oscuros, con humildes casas, en el centro el valle y la ciudad. Paisaje bello, incoherencia social. Todo sucede bajo las mismas estrellas.

             Comienzo de Primavera, se advierte la nueva estación por los brotes de las plantas, aún sigue nevando. En esos días sopló la felicidad en la casa, Pedro venía de forma asidua a hacer las tareas mientras su madre terminaba la rutina diaria. Se entusiasmaba con mis libros, de manera especial con los libros del cosmos. Le daba algunas explicaciones sencillas del origen y evolución del universo. Blanca se ponía contenta, decía que iba a sacar un científico del chico.

─Usté es tan cariñosa con los niños Doña, debería tener su hombre, no es bueno que la mujer esté sola.

¡Hay Blanca! Ella sí estaba sola, con tres niños que mantener. Quizás la equivocada era yo, ella había logrado la eternidad, a pesar del abandono de la familia por parte de su hombre.

             A mediados de Octubre se armó  revuelo en el colegio, nos habían llegado respuestas del Congreso de la  Nación y del país involucrado en les ensayos nucleares. Por distintas leyes se había realizado el “TRATADO DE PROHIBICIÓN COMPLETA DE LOS ENSAYOS NUCLEARES en el CONGRESO DE COLOMBIA 2001”. Nos enviaron el tratado y agradecimiento por nuestra participación. Por supuesto nuestro pedido no fue  determinante ya que hace años venían tratando el tema en las Naciones Unidas  con resoluciones previas, pero para nosotros fue motivo de orgullo  saber que estábamos en la buena senda de estudio de la compleja temática ecológica.

             Era una tarde agradable, el sol comenzaba a entibiar la atmósfera y algunos pájaros se animaban a trinar recibiendo la luz de primavera. Pedro tomando la merienda, su madre vendría a buscarlo más tarde, debió quedarse en su casa pues los albañiles tenían que terminar la habitación de los chicos. Una herida rompió el equilibrio, las sirenas de los bomberos comenzaron a sonar alertando un incendio o un accidente. Intuición. Llamé a la radio, pregunte qué sucedía. La primera reacción es la parálisis del cuerpo y la mente. Derrumbe. Había ocurrido en el nuevo barrio de las casas sociales,

en las laderas de los cerros que dan al Oeste. Cuando reaccioné tomé a Pedro, mi cartera y pedí un taxi. El chófer no sabía más que lo comentado por la radio ¿Habría heridos? Nos dejó en la zona baja. Ya estaban las ambulancias cargando gente en camillas. Todo era un pandemónium. Tomados de las manos con Pedro subimos la cuesta, de mi boca salían palabras estúpidas, para brindarle calma pero el chico lloraba. Al llegar a la casa de Blanca vimos que estaba intacta pero las casas vecinas tenían destruidas algunas partes. Había heridos, algunos muy graves. Entre la multitud vimos a Blanca, comenzamos a gritar, nos vio y vino hacia nosotros corriendo, a su lado los hermanos de Pedro, llorando. Nos abrazamos, temblaba. Por seguridad no podíamos entrar, era posible que las rocas caídas del paredón sin contención  hayan debilitado alguna estructura  de la construcción. A la hora del crepúsculo nos fuimos hacia mi casa. Hasta que no estén seguros que no correrían peligro y hecha la contención de las rocas, vivirían conmigo.

             En ese tiempo descubrí que a pesar de mi mochila y mis dos mil años de ausencias había encontrado una familia. El Doña Eugenia de los chicos lo sentía cien veces por día, sonaba a música.  Para fin de año, al momento de brindar tuve una luz en mi terco cerebro. No era bueno que una mujer esté sola. Suspiré feliz, Yuko, recostado, miraba alerta a los chicos, como esperando un ataque. Blanca se ríe de sus pícaras ocurrencias y el hecho de estar compartiendo la fiesta con sus hijos. Y yo,  quizás aprenda a aceptar esta nueva vida, aunque el parásito de la nostalgia esté muy cómodo viviendo en mis entrañas.

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UNA PIEDRA EN EL DESIERTO

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ANA 2014

El viento ardiente esparce la arena, mientras el sol dibuja en la atmósfera millones de pequeños arcoiris con las partículas danzantes. De pronto la quietud y el silencio. Un pequeño insecto, cuyo color se confunde con el paisaje, deambula entre las olas de arena, sorprendido observó un obstáculo, para él una montaña, decidido comenzó su ascenso de manera pertinaz. Al llegar a la cima buscó una estrategia y finalmente se deslizó hacia el mar dorado.

ffff
En ese espacio desolado el tiempo cobra otro ritmo, la temperatura no encuentra escollos civilizados y baja a medida que la luna se va desplazando en su nocturno viaje. La piedra, estática durante el día, se encoge durante la noche, como respuesta a la crueldad climática.

              
En esos días sin horas, un guerrero montado en su negro caballo, cruza veloz, su cuerpo y cara protegidos evita el ardor de la arena. Sus armas en la espalda, su mente en la guerra. Las patas del animal tropiezan con una piedra pero sigue su camino, luego todo sigue igual.

 

Un mercader fatigado va junto a su camello cargado de valiosas mercancías. Los cálculos monetarios que realiza pensando en las ventas que realizará en el pueblo del próximo oasis, lo estimulan a seguir el viaje. Mira de reojo a la piedra, es rara, no brilla, no tiene ningún valor, ni siquiera para adorno.


Siempre el sol presente y el aire que quema. Llega hasta la piedra un sabio. Éste recorre el desierto una vez al año con la esperanza de encontrar una señal divina, una revelación. Al sentarse observa la quietud de la pequeña roca, el viento sopla suave, aún así provoca el desplazamiento de las dunas de arena. Luego de varias horas de reflexión concluye que ese cuerpo, ¿Inorgánico? No se mueve, a pesar de ese universo donde todo es movimiento, debe ser por algún mandato divino y debe quedar ahí.


Las estaciones se suceden, pero en esos paisajes, las variaciones de solsticios y equinoccios apenas se detectan, el sol es el mago, sus juegos de luces son los que descubren los cambios. En dirección hacia el pueblo se acerca un jinete, es un guerrero malherido, las patas del animal atropellan la piedra, ésta no se mueve, sólo parece estremecerse ante las gotas de sangre que caen sobre ella.


Una tarde, en la que el desierto agoniza en llamas, llega una mujer cuyo cuerpo y rostro delatan un gran sufrimiento, agotada se deja caer en la arena y rompe en sollozos. Las lágrimas caen sobre la piedra, exangüe se adormece. El sol está en camino e ocultarse, la temperatura comienza a bajar, la mujer se despierta, le parece haber vivido una pesadilla, pero no, su marido, el guerrero, ha muerto. Súbitamente queda asombrada al mirar la piedra, ésta se había abierto en una perfecta simetría, transformándose en una bella flor. Le pareció una imagen esperanzadora, en medio de la aparente nada, sobrevivía ese extraño ser.


En el horizonte comienza a divisarse el brillo de las estrellas, la arena se iba vistiendo de opacidad. La flor luego de eternizarse comenzó a desaparecer en la piedra quieta. La mujer, solitaria en su camino, retorna a su casa con una certeza; lo aparente no es lo real y cuidará amorosa su jardín de rocas.

 

EN LIBRO “ EL ECLIPSE Y LOS VIENTOS” PUBLICADO 2014 POR SER 1ª PREMIO INTERNACIONAL

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UN VETERINARIO EN LA PATAGONIA

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ANA 2014

CUENTO MENCIÓN DE HONOR EN CERTAMEN  NACIONAL“JUNÍN PAÍS” 2OO3. AUSPICIADO POR CULTURA DE LA NACIÓN, CULTURA DE LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES Y MUNICIPALIDAD DE JUNÍN( PVCIA DE BUENOS AIRES)

Como todas las mañanas, Nacho llegó a la veterinaria. A las nueve de la mañana arribaría su ayudante y comenzaría con la limpieza y la atención de los animales; agua y comida para los canarios, maíz para los gallos, verduras para los hamsters. Lo primero que hacía es prender la radio, pasaban buena música y noticias locales y nacionales.  Desde que se pudo sintonizar emisoras argentinas en estos lados de la Patagonia, se había hecho adicto a la radio. El  tiempo se presentaba bueno, excelente auspicio de trabajo.

Otoño, el cerro Curruhuinca, con el colorido de su bosque era una fiesta para la vista. Esos días se vivían intensamente, pronto llegaría la temporada de lluvias y nevadas. Una ford vieja, pero orgullosa y bien cargada, se detuvo frente al local de la Veterinaria. De ella bajó un hombretón de cara amistosa y dispuesto a la charla coloquial.

—¡Qué tal doctor!

—¡Cómo anda Don Zacarías!

—Y aquí andamos, bajando al pueblo, preparándonos para el invierno, va a ser un año muy nevador.

—¿Usted cree?

—Sí,  ya he visto bajar pumas al campo, cuando los animales salvajes bajan temprano, seguro el invierno es nevador.

En  esos momentos entra Carlitos, el canillita del barrio, comiendo unas facturas. Deja el diario y se dirige hacia donde se encontraban los hamsters.

—Doctor, a la tarde vengo a buscar el que me regaló, así hago crías con la hembra, después se las vendo. Se ríe ante el negocio que propone.

—O.K. Carlitos, vení nomás.

Cuando se fueron Don Zacarías y Carlitos, el veterinario preparó el mate y se acercó a su escritorio, en el desorden natural de sus papeles encontraba lo que necesitaba. Luego de anotar un pedido tomó el diario y se dispuso a leer los títulos, en grandes letras se destacaba parte de un discurso del presidente argentino en el que destacaba  la entrada triunfal del país al nuevo orden mundial, la pronta entrada al primer mundo y el despegue económico, sonrió. ¡Éstos políticos!  Se montan en la cresta de la ola, total después nos estrellamos todos, pensó. Cuando estaba por leer el artículo sonó el teléfono. Una voz femenina, precisa le recordó de su visita a “La Estancia”, bueno, el diario sería leído después. Tenía que preparar  los medicamentos y todo lo necesario para la desratización de los galpones y alrededores de la casa. Pensó en la yegua, estaba mejorando, pero seguía con cólicos, aunque más distanciados. También tendría que desparasitar a los perros y supervisar el yeso de la pata del jabalí. Llegó Nelson, su ayudante, lo ayudó en los preparativos. Una vez organizados y delegando la atención comercial de la Veterinaria al joven, partió pasada las diez de la mañana con la Break atiborrada de elementos para su trabajo.

Entrando en la ruta comenzó a bordear el lago Lácar. Su belleza es imponente, posee la geografía de un fiordo pero de agua dulce. En él se reflejan los verdes-azules de los bosques que cubren los cerros, formando voluptuosas curvas en su superficie, demostrando la forma plegada de los mismos. Siguió a media marcha el ascenso de la ruta, un saludo amistoso a un paisano mapuche que se dirige caminando hacia el pueblo, al lado de su catango tirado por dos bueyes. Sobre el pescante iban sentados dos niños cuyas miradas serias y distantes observaban el paso del coche. A lo lejos, donde el lago sigue su rumbo hacia el Océano Pacífico, se ven como pintadas las montañas limítrofes. Como todos los pobladores que aman ese lugar, Nacho siente el peso de esa belleza, si bien está  protegida dentro del Parque Nacional Lanín, sabe del peligro que corre ese lugar intangible. Por  su mente cruzan como  slogans; “Canje verde por verde”, “Eutroficación” “Tala indiscriminada” “Incendios forestales”… pero bueno, disfrutaría este día de otoño, buena música por la radio y un día de trabajo en el campo.

Cerca del mediodía llegó a “La Estancia”. Paró en la casa del puestero, los perros se acercaron a recibirlo, menos uno que se escondía, seguramente recordaba la última inyección que lo curó del moquillo. Don Raúl salió sonriente y respetuoso ante el arribo del Doctor. Luego del saludo entraron a la casa, típica de la zona, base de piedra, resto de madera y techo a dos aguas. En el interior la cocina a leña irradiaba un parejo calor, tan necesario ya que a pesar del sol la temperatura no pasaba de los 5°C. Tomaron unos mates acompañados por unas buenas tortas fritas, recién fritas en grasa, calientes, hinchadas por la acción de la levadura. Luego de una amena conversación sobre asuntos del tiempo y comentarios sobre familias del pueblo se despidieron. La Break entró por el sendero que llevaba a la casa. El suelo era alfombra crujiente de hojas doradas. A los costados; cipreses, maitenes, robles pellines, ñires y las ondulantes cañas colihues del sotobosque. Se acercó a la casa principal, bajó del coche. A través de los vidrios de grandes ventanas se observaba una galería con sillones cubiertos de pieles, trofeos de caza de la zona  y de otras regiones del mundo, sobre las paredes. El rechazo de Nacho, siempre que miraba esas imágenes, era instintivo; algo oscuro, siniestro, envolvía a ese ambiente. El saludo de Don Sepúlveda lo devolvió a la mañana luminosa. La atmósfera era transparente, fría, vital. Realizaron sus tareas, siempre era agradable trabajar con ese hombre cordillerano y chileno. Cuando llegaron a uno de los corrales, Don Sepúlveda señaló a dos ciervos y dos jabalíes bien gordos, estaban listos para carnearlos. Se harían facturas; chorizos, lomitos, salames y demás tipos de embutidos. El patrón de “ La Estancia” llegaría en las próximas  semanas desde Alemania, donde residía. Iba a recibir visitas especiales; al embajador de Estados Unidos y a una comitiva del Gobiero Argentino. Acordaron que Don Sepúlveda le acercaría al pueblo las muestras de los animales para hacerles los análisis correspondientes antes de  elaborar las facturas. Al atardecer terminaron con toda la tarea.

De regreso al pueblo, el paisaje, con la ruta en bajada se veía desde otra perspectiva, una lancha cruzaba el lago, en dirección hacia Quila-Quina, una isla de las cercanías del pueblo. Desde lo alto de la ruta se veía como un barquito de papel. En cerros más bajos se destacaban las “rucas”, casa de los indígenas, con sus típicos corrales. Algunas nubes oscuras se venían acercando desde el Pacífico, presagiando mal tiempo.

A los tres días del trabajo en  la “La Estancia” llegó Don Sepúlveda a la Veterinaria, traía las muestras de los animales carneados para realizar los análisis. Querían convidar a las visitas con esas delicias regionales. Mate por medio, la charla brotaba espontánea y fluida. El Doctor se puso a preparar las muestras en los portaobjetos, mientras Nelson y Don Sepúlveda charlaban y le pasaban unos mates. Abrió la pesada tapa del Triquinoscopio, quedando al descubierto una amplia pantalla, apagó la luz. Ubicado uno de los portaobjetos, el profesional comenzó el ajuste. Apareció en la pantalla la imagen de los músculos, busco precisión. Al instante se observaron pequeñas espirales. Silencio. Siguió la búsqueda, más precisión. Aparecieron más espirales ¡Había triquinosis! Se hicieron más análisis y todos con el mismo resultado. Eso era grave, se debía sacrificar el lote de animales, quemarlos. Don Sepúlveda estaba pálido. Decidieron que de inmediato viajaría a “La Estancia” para dar la mala noticia. Al otro día iría el veterinario para presentar el informe al administrador.

En esos días comenzó a nevar pero la nieve duraba poco, aún faltaba frío para que quedara en los suelos,  los cerros sí estaban cubiertos. El sol  volvió a salir, última resistencia heroica ante la inevitable llegada del mal tiempo. Nacho viajó al campo a presentar su informe. Fue áspero el asunto, discutieron con el administrador, éste se negaba a quemar los animales sacrificados y con triquinosis. Era la  única manera de evitar que se propagara la enfermedad. El veterinario expuso el peligro de la ingesta de las facturas, ya que se consumían crudas. El administrador lo amenazó de prescindir de sus servicios si el profesional insistía en denunciar el caso antes las autoridades de Sanidad animal.

De regreso al pueblo, doblando el camino, se encontró con una comitiva, ¿Habría llegado el “Patrón”?  La mente nublada por la indignación no veía el colorido paisaje, ni respondió como siempre lo hacía a los saludos corteses de los vecinos. Al llegar fue directo al teléfono y marcó el número de Sanidad Animal. Una voz conocida lo saludó. Mientras denunciaba el caso, prometiendo la documentación, con la tranquila convicción que guiaba todos los actos de su vida, observó el viejo diario que quedó sobre el escritorio donde se destacaba en grandes títulos “ARGENTINA EN EL NUEVO ORDEN MUNDIAL”. Al cortar  la charla telefónica se puso a leer el artículo abandonado, sintió asco, para sostener esa filosofía iban a tener que  “negociar” la patria. Faltaban cinco años para  entrar al nuevo siglo.

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ALMENDROS EN EL CREPÚSCULO

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ANA 2014

Último paseo del fin de semana en el campo. En estos días reciclé las energías para comenzar la rutina vertiginosa de la ciudad, ya mi velocidad no es la misma, la edad tiene que ver, hago la mitad de las cosas que realizaba en la juventud, pero en realidad rindo lo mismo, todo es más reflexivo, selectivo y  obtengo a diario los resultados deseados. Pero este dejarse llevar es zafiro. El  luminoso atardecer me impulsó hacia un  sendero no transitado, de pronto los vi, repletos de frutos, desafiando, gatillando al tiempo. Y los recuerdos que estaban al acecho aparecen impunes. Los almendros me sienten a chispas, a destellos de nostalgias, me traen el aroma de una época mágica, compleja y de la conflictiva, dominante presencia de mi padre

Sucedió en  primavera. Con mis compañeros de facultad habíamos decidido realizar una cena con la excusa de festejar la semana del estudiante. También era una manera de exorcizar los graves acontecimientos políticos en los que estábamos inmersos, el huevo de la serpiente estaba germinando. Queríamos divertirnos. Los chicos traerían pizzas y empanadas pero yo deseaba cocinar una salsa de almendras que debía  acompañar con presas de pollo, pensé que bien los podía suplantar por unos pequeños gallos que teníamos en el gallinero— regalo del tío tano  que se le hacía insoportable que la gente no tuviera su huerta y sus propias gallinas—. Mi padre, en esas raras treguas  que tenían nuestras habituales discusiones se ofreció a colaborar con mi comida especial. Él se encargaría de entregarme listos para su cocción a los apreciados gallos, extraña especie pigmea, que esperaban  para una ocasión importante. Los preparativos me supieron a fiesta, desde las compras de elementos no comunes en la comida cotidiana; crema, especies exóticas, almendras, vino especial, hasta la puesta de la mesa.

Cuando el perfume de la salsa invadió la cocina, calculé  que era el momento de dorar las aves. Ante la tardanza de mi padre, fui  en su búsqueda, no podía esperar más tiempo. El recorrido por el camino hacia el fondo de la casa me hizo sentir más feliz aún. El jardín y los frutales florecían y el atardecer aparecía como diseñado por toques de luz y pinceladas de naranjas y azules. Llegando a los últimos árboles sentí un estremecimiento, los gallos estaban colgados de las ramas, pico abajo ¡Sin pelar! Al acercarme descubro horrorizada que abrían los ojos. ¿Cómo sucedió? Desde la cocina había escuchado el gran alboroto provocado por su captura. Salí corriendo, a punto de llorar le expliqué a mi padre que los gallos no estaban muertos. Mi angustia era doble; estaban vivos y moribundos. Los sucesos que siguieron ¡No podían haber sucedido! Trató de ahogarlos, no se murieron, por último decidió cortarles la cabeza. Horrible. Así era él, poseía una insoportable y graciosa inutilidad, no heredó la simple habilidad de mi abuela para matarlos en un segundo.

ANA 2014

La cena estuvo lista a las diez de la noche, las risas juveniles y las alabanzas inundaron la casa ¡Qué mano para la salsa María!¡Qué exquisitez! ¡Qué sabor le dan las almendras! ¡Muy bueno el  vino! Yo no comí, tenía la sensación que el asco derretía mi maquillaje, contaminaba mi perfume, enrojecía mi mirada.  Los queridos compañeros, cómplices de la vida, ignorantes de mi sufrimiento, alegres por el vino, la juventud, las canciones de Serrat, la  negra Sosa, y la perfecta noche de primavera,  celebraron la fiesta. ¿Alguna vez habrán recordado mis amigos esa noche? De todas maneras son sucesos que te marcan para toda la vida.

El tiempo regresa, el paseo  en el campo termina, los recuerdos se refugian en  las orillas de la noche. La última imagen que llevo en mi mirada de otoño, son los soberbios almendros que acompañan el crepúsculo y los sutiles reflejos de las estrellas que asoman. Luego todo se esfuma.

 

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