Literatura

Híper

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Cuando Lucía entraba en su trabajo, empezaba a hablar y no paraba. Pero no siempre había sido una gran oradora: en cuarto grado se negó a leer unas palabras en el acto de la bandera y en sexto a despedir a de séptimo y eso que conocía a tres compañeros.

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EL TIPO QUE NUNCA LA VIO VENIR…

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El Juancho siempre había sido un tipo inescrupuloso. Por eso, aquel día del partido, aquella final contra el barrio vecino (un verdadero clásico), quedó la sensación que se había vendido, aunque nunca lo pudimos probar y él siempre lo negó.

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Sobre los pioneros de estas tierras

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Numilén Mellado Oscar Mellado Torres Ana María de MenaJorge Spíndola Patricia Litmu Andrés Aburto Lidia Mansilla Valenzuela

Curiosamente, los dos últimos libros que leí se remiten a historias fundacionales de la Araucanía chilena y la Patagonia argentina, dos regiones unidas por la cordillera y por las historias comunes de sus habitantes. Ellos son Sisters of silence, de Janet Anne Dickinson y La lluvia eres tú, de Oscar Mellado Torres.

Ambas novelas cuentan historias de una época que fue fundamental en la conformación social de estas regiones y de nuestros países, me refiero a los comienzos del siglo XX. La guerra en Europa repercute en los países de Latinoamérica, adonde vinieron los colonos a fundar emprendimientos nuevos en las incipientes ciudades. Historias de amor y de riesgo entre personajes de orígenes diversos, de entendimientos y desentendimiento entre los miembros de diferentes comunidades.

Toda América es un caldo de cultivo. Venimos de los barcos y de la tierra americana, de historias similares aunque de países diversos. Costumbres, creencias y trabajo se amalgamaron en empresas que perduran aún hoy en los pueblos del sur de Argentina y Chile. Cualquier habitante de estas tierras podría sentirse identificado con estos personajes de ficción.

En la literatura de vertiente patagónica, donde convergen nativos y migrantes de diversos orígenes, es común encontrar este tipo de relatos de reconstrucción de identidad, lo cual se da también en el arte, como en la reciente ambientación de la artista plástica sanmartinense Viviana Errecalde, en la que rastrea sus orígenes y los de su familia incluso desde la astrología y el tarot.

La recuperación de los orígenes nos sigue fascinando y atrayendo, nos devuelve, como una nana que escuchamos cada noche antes de dormir, la serena complacencia de saber que procedemos de un tiempo y un lugar en el que nuestra sangre tomó un rumbo distinto y produjo para siempre una nueva marca de la historia.

Sisters of Silence transcurre mayormente en San Martín de los Andes, en el seno de una familia inglesa enclavada en la cordillera argentina en medio del territorio mapuche.

La lluvia eres tú relata una historia de comienzos del siglo en los alrededores de Temuco, Lautaro, Lonquimay, Carahue, Nueva Imperial, y también cuenta en parte la historia del pueblo mapuche. Como los mineros, que extraen el oro de la tierra, los habitantes de estas nuevas poblaciones rastrean en los orígenes familiares los valores de la tierra, la sangre y la historia de donde provienen.

Hay hechos que se repiten a ambos lados de la cordillera. Pasiones y pujas de poder. Nieve y encono, pero también afectos y una voluntad de construir este continente nuevo en la diversidad de los volcanes y los lagos de agua helada. Es de destacar que en ambos relatos se da una atención especial a los comienzos de las relaciones, a las uniones y a los aprendizajes relativos a los vínculos. La adopción de niños huérfanos es un tema central en ambas historias, como así también el trabajo y el progreso. Si bien los hechos narran historias de ficción, bien se podría pensar en una simbología fundacional que resalta los comienzos de una nueva sociedad.

La necesidad de volver a los orígenes familiares, otro de los temas que toman ambos autores, indica de algún modo la necesidad de reconocerse en medio de una tierra que adopta pero que por momentos se vuelve desafiante y pareciera que se toma revancha.

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EL PEREGRINO DE MEDIANOCHE

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Cuento perteneciente al libro del mismo título.

 

En las noches de plenilunio y en las noches sin luna, cuando sólo las estrellas dan esa pizca de luz que apenas alcanza para no tropezar, en los caminos oscuros y solitarios se puede percibir la silueta azul del Peregrino de la Medianoche.

Dicen los que han tenido la suerte de encontrarlo que parece una gema que rodara por el sendero, andando casi al trote con sus piernitas que no miden más que un pulgar, y que llena de alegría el corazón de quienes lo ven.

Cuenta la leyenda que era un juglar, el mejor de todos, que hacía increíbles juegos de malabares mientras cantaba, con una voz grave y cálida, antiguas tonadas campestres que hacían brotar las flores en cualquier época del año, trayendo el recuerdo de la primavera. Que era el hijo de un hada que había visitado el reino de los hombres y, enamorada de uno, nunca había vuelto a su hogar. Que de su padre había heredado una voz capaz de cautivar a un hada y de su madre, un toque de magia. Que por eso su voz hechizaba al auditorio y calmaba a las fieras.

Dicen los viejos decidores de historias que una noche, a la luz de una hoguera, el juglar estaba haciendo su mejor actuación en un campamento de gitanos. Tenía varios platos en equilibrio sobre varillas, hacía el mismo tiempo malabares con tres pelotas de colores y cantaba, y de sus manos salían chispas multicolores ante un auditorio inmóvil de asombro. Dicen que los platos quedaron fijos y las pelotas se congelaron en el aire cuando los ojos del juglar se cruzaron con los de una doncella, que lo espiaba entre los árboles; una muchacha con cabello de noche, ojos de estrella y una piel suave que brillaba con un tenue resplandor azul.

Cuentan que el juglar abandonó todo y a todos, congelados como estaban, para irse tras la muchacha y amarla debajo de un almendro blanco, el árbol de los enamorados, en la hora sin tiempo que está entre la última campanada de un día y la primera del siguiente.

Y dicen las malas lenguas que la Dama de la Noche, Madre de todos los gitanos, encontró el campamento inerte y maldijo a los responsables de su quietud. Que escuchó sus risas sin culpas  y los encontró abrazados, cubiertos apenas con pétalos de flores de almendro, mientras su pueblo estaba petrificado y silencioso. Dicen que la furia de la Dama alcanzó a los amantes, a quienes separó inmediatamente. A ella la puso en una jaula lejos, lejos. A él lo condenó a recorrer una distancia igual a  mil veces mil la distancia que separa la tierra de la luna antes de que pueda volver a tocarla. Ella alcanzó a tomarle las manos y algo de la luz azul de su piel pasó al juglar, que comenzó a brillar a medida que su cuerpo se achicaba cada vez más, hasta no ser más grande que una manzana.

Porque tan enorme era la furia de la Dama de la Noche que, para hacer más largo y penoso el caminar, redujo el tamaño de sus pasos al largo de una aguja y determinó que sólo podría moverse durante esa hora sin tiempo que separa un día del otro. Con el primer tañido de la madrugada el juglar queda convertido en una piedra, no más grande que guijarro, para retomar su peregrinar cuando suena la última campanada del día.

Y sin embargo, cuentan que dicen los que aseguran haberlo visto, que el juglar no está triste sino que va cantando mientras avanza, porque cada paso que da, por pequeño que sea, lo acerca más a su amada. Y que mientras camina entona su balada de esperanza

Sueños imposibles no hay,

solo algunos que son

más difíciles de alcanzar.

Sueños imposibles no hay

siempre que tu corazón

esté dispuesto a luchar.

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Trinchera

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grieta

casa-partida-a-la-mitadCortaron la casa al medio. Se quedaron con un pedazo para cada uno, compartiendo únicamente el baño y la puerta principal. De un lado quedaron el patio, la cocina, dos piezas y el lavadero; del otro lado quedaron el living, la pieza más grande y la oficina. A lo largo de la división cavaron una trinchera unida por un pequeño puente de madera para que los niños pudieran ir de un lado al otro sin problemas.

A los pequeños les dieron pasaportes que consistían de un anotador negro con su nombre, una foto y las firmas aduaneras cada vez que cruzaban de un lado al otro.

La trinchera era cada día más profunda, sumándole artefactos de seguridad cuando el sueldo les alcanzaba. Crearon dos banderas, una blanca y una negra, que colgaron en sus respectivas mitades. También pintaron las paredes con sus nuevos colores y pusieron por escrito una serie de normas que debían respetarse en su mitad.

Con el tiempo, un muro reemplazó a la trinchera y los chicos ya no pudieron cruzar; debieron elegir de qué lado quedarse. Finalmente, decidieron marcharse. Estaban hartos de la situación.

Con las valijas ya hechas, los hijos se detuvieron en territorio neutral, delante de la puerta. Tocaron el timbre de su propia casa, atrayendo así a sus padres. Era la primera vez en diez años que se erguían uno junto al otro. Ambos adultos, expectantes. En una tregua forzada, lucían con orgullo los colores de su ideología y miraban con desdén al otro, como si les asqueara ver el color contrario. No se saludaron, tampoco se dirigieron palabras de odio. Simplemente clavaron su mirada en los jóvenes que finalmente habían tomado una decisión.

El padre estaba convencido que sus hijos escogerían el lado negro, pero la madre no dudaba ni por un segundo que los pequeños preferirían el blanco. Ambos consideraban que su influencia había sido mayor. La obsesión con sus ideales nublaba la realidad que se encontraba frente a sus ojos. Los extremos les impedían ver con claridad; entre la profunda oscuridad del negro en la que no se distinguían siquiera siluetas y el brillo cegador del blanco que desdibujaba el entorno.

Los chicos, en cambio, vestían de gris. Estaban hartos de las peleas, hartos verse forzados a escoger uno u otro extremo. Además, se querían mucho. Eran hermanos. Un dúo realmente unido y, aunque pensaran diferente, preferían no tener que estar uno de cada lado, separados por un muro.

Sin importar si se inclinaban por el blanco o el negro, los hijos no cometerían el mismo error que sus padres; no pondrían sus diferentes opiniones por encima de la familia y el cariño que sentían el uno por el otro.

El mayor prefería el negro, aunque el menor se inclinaba más por el blanco. A veces se vestían con el color que los diferenciaba, pero a ninguno de los dos le molestaba la elección del otro. Uno era de Boca y el otro de River, y miraban los partidos juntos. El mayor era ateo y el menor iba a misa todos los domingos. No importaba, eran hermanos y eso era lo primordial. Se querían y respetaban los colores que el otro llevaba como bandera. No compartían gustos ni opiniones, ni siquiera a la hora de elegir el sabor de un helado. El mayor tomaba mate amargo y el menor le ponía azúcar, y así con todo.

Se marcharon en mitad de la guerra, desertaron. Y observaron desde la vereda de enfrente como la casa se caía a pedazos; sus padres destruían las diferencias en vez de utilizarlas como cimiento para una construcción equilibrada.

De la mano se marcharon. Eran dos hermanos que comprendían que el respeto era más importante que las opiniones. Un dúo unido que aprendía constantemente de las elecciones que el otro realizaba.

No quedaron ni los cimientos de la casa en la que crecieron. Tampoco pudieron salvar fotos de la familia entera. Las pocas que había, estaban cortadas al medio, y aunque las pegaron y remendaron, ya no era lo mismo. La trinchera había separado más que dos ideologías, también había arrasado con aquello que siempre debería haber estado unido, la familia.

Historia registrada en SafeCreative, con número de identificación 1604087186597

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