Híper

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Cuando Lucía entraba en su trabajo, empezaba a hablar y no paraba. Pero no siempre había sido una gran oradora: en cuarto grado se negó a leer unas palabras en el acto de la bandera y en sexto a despedir a de séptimo y eso que conocía a tres compañeros.

Tampoco hablaba demás cuando a los dieciséis empezó a trabajar en el quiosco de la esquina. Sólo agradecía con una sonrisa mientras entregaba a sus clientes alfajores y cigarrillos.

Después, llegaron un marido y dos hijos. Cambió clientes por familia. Cuando el hijo menor entró en Primaria, volvió a trabajar. Esta vez, en una biblioteca. Ahí, empezó a hablar.

Quizás no hubo razón alguna o si la hubo, nunca la supo. Pero un día, Lucía empezó a hablar infinitamente, sin pausa. Cuando se convirtió en charlatana, Lucía tenía el pelo largo, castaño y ondulado. Ojos chiquitos, opacos y unos kilos de más.

Aquel primer día en que se animó, habló de su vecina. Habló frenéticamente como nunca había hablado en cuarenta años. La vecina tenía dos gatos_ contó. Nunca limpiaba y dormía hasta las dos de la tarde. Fumaba hasta que el humo salía por las hendijas de las ventanas y estaba siempre en pijama. A medida que avanzaba en la crítica, el corazón de Lucía se aceleraba, sus ojos se encandilaban y la garganta le picaba. Alguien parecía estrujarle las entrañas para que no contara nada más y le agarraba diarrea. Entonces paraba. Aquel día, perdió tres kilos de historia ajena.

Gladys, su compañera de trabajo, nunca alejó los ojos de Lucía. Se dio vuelta y contó lo sucedido a Irene. Le contó cómo Lucía había adelgazado tres kilos. De la historia de la vecina, nada. Irene le contó a Guada y Guada a Marcela y Marcela…

Después, Lucía volvió a casa. Saludó a su marido y sus hijos. Cocinó, creyó amar y durmió.

Al día siguiente, Lucía en la biblioteca habló escandalosamente de su hermana. Apenas comenzó la historia, Gladys, Irene, Guada, Marcela y más se acomodaron con almohadones en el piso observando cada milímetro de Lucía ahora más delgada. La hermana_ contó Lucía_  tenía cinco hijos y no pensaba parar. Era profesora pero no trabajaba. También con tantos hijos y embarazos, ¿quién querría trabajar? Su marido cruel era mucho mayor que ella. Cuando contó que los dos inefables habían abandonado a sus respectivas parejas por aquel amor desparejo, las entrañas gritaban: “¡Basta!”, la garganta le raspaba y su corazón corría una maratón; pero ella no entendía las señales. De pronto, todos los socios de la biblio la estaban mirando. Sí, mirando. No escuchando. Pero ella no los vio enceguecida por su chisme irritante y una luz que creía ver entrar por alguna ventana. No percibió cómo sus ejecuciones justificaban los arrebatos del público y siguió. Los pómulos se aplastaron hasta que los huesos remplazaron las mejillas. Los ojos desorbitados intentaron salir de sus huecos, pero no lo lograron. Los brazos antes regordetes bailaban ahora en una camisa floreada gigante. Los anillos cayeron de sus dedos y el reloj bailaba hasta la axila. El pantalón antes ajustado intentó caer al piso, pero Lucía alcanzó a sostenerlo con una mano. En el estómago, mariposas y chimentos revoloteaban como si alguien desde adentro lo moldeara a su antojo cual arcilla. Esta vez había bajado ocho kilos trescientos. Mientras, más gente se acercaba a ver aquellos efectos especiales que atravesaban a aquella extraña contadora de historias que poco importaban.

Al llegar a casa, Lucía esbozó una sonrisa cuando su hijo la vio más delgada y, sin palabras, intentó dormir.

Al tercer día, Lucía llegó a la biblioteca y habló de su suegra. Aquella era una historia turgente. El público se había acomodado en primera fila para escuchar. Ya hacía años que nadie aplaudía en aquel lugar de perfecto equilibrio acústico. El personaje principal: una morocha de anteojos, bajita y gesto enjuto que había nacido en una casa con piso de tierra en Tucumán_ contó Lucía. Ahora, la bruja tenía un piso en Belgrano en el que andaba en patines sobre el parquét. Tenía dos border-collies y usaba Cardón. Cuando Lucía contó que su suegra había abandonado a su marido con nueve hijos, se puso los anteojos negros y agarró un bastón blanco porque ya no veía nada. En su garganta corría arena. Sus pulsaciones llegaron a doscientos cuatro por minuto mientras las manos temblaban y sudaban litros de agua que chorreaban hacia una canaleta que desembocaba en la calle que pronto se inundó. En el primer sacudón, el bastón decapitó al primero de la fila. Los siguientes tremores crearon olas que pronto alejaron la cabeza sin cuerpo y  marearon a todos. Los ojos de Lucía, resplandecientes, por fin salieron de sus órbitas empujando los anteojos con una fuerza tan brutal que se estrellaron contra el techo. Los globos se liberaron finalmente de la presión de los músculos que habían intentado sostenerlos y formaron un pequeño sistema solar propio de apenas dos planetas. El estómago también hacía su espectáculo. Se hundía y se expandía. Los chinchulines se retorcían cual cadena de ADN y con cada apretujón, Lucía se doblaba en dos y se cagaba. Su pequeño ser flotaba en una blusa salmón y unos pantalones blancos que parecían tener vida propia. Lucía, cada vez más chiquita. Cada vez, más menos.

Lucía había perdido veintiocho kilos seiscientos. Ya nadie escuchaba las historias. Bien podrían haberse tratado sobre un perro en Júpiter o un astronauta. Sin embargo, ver cómo cada palabra iba achicando a la narradora, cómo cada centímetro de su cuerpo se iba reduciendo hasta la más mínima expresión era el mejor cuento de terror que alguien podía imaginar. Sólo faltaba el final.

El jueves ocho, en una biblioteca colmada, miles de rostros rubicundos y deseo latente esperaban el comienzo del show. Los hijos y el marido también estaban ahí. Desconocían a quién verían. Pero aquella tarde, Lucía no llegó y si llegó, nadie la vio. Cuentan que había desaparecido hacía rato.

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