Month – enero 2017

ENSEÑAR Y SEGUIR APRENDIENDO

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TESTIMONIO SOBRE EL ARTE Y EL TALENTO DEL DIBUJO Y EL MODELADO,
ENSEÑAR Y SEGUIR APRENDIENDO.

Cuando Paulo Rubén Della Rocca empezó a sentir su acercamiento por el arte, no dudó para nada en volcarse por el modelado y el dibujo, es así que a la corta edad de 16 años comenzaron sus primeros pasos sobre el papel; las esculturas no tardaron llegar. Consolidó un esfuerzo y trabajo enorme por querer seguir creciendo. Siguió adelante.

El tiempo pasó y hoy Paulo, ya con 21 años, se encuentra dando clases de modelado junto a la Escuela de arte y tecnología de San Martin de los andes, en la Biblioteca popular 9 de Julio; a lo que también se agrega que hace pocos meses empezó a formase y a incursionar en el arte digital.

Desde aquel Paulo nacido en Santo Tomé (provincia de Santa Fé), hasta esté que hoy se encuentra radicado hace varios años en San Martin de los Andes —y que seguramente encontraremos por las calles de la ciudad— puede haber diferencias; pero lo que nunca cambió es su clara intención de avanzar, sosteniendo sus ideas; la intención de seguir perfeccionándose y marcar su propio sello con una creatividad única.

No hay lugar para el escepticismo cuando digo que un futuro muy grande espera por este joven artista, ahí, a la vuelta de la esquina, donde los sueños se cumplen si el talento y esfuerzo logran  encontrarse.

 

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Eva Paz y su nuevo poemario

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¿QUIÉN ES EVA PAZ?

 

Eva Paz es una escritora nacida en 1971 en la ciudad de Traiguén (Chile).

Si bien se ha dedicado a la escritura desde muy joven, se presentó en sociedad recién en 1992 con un humilde y bello poemario titulado “PEREGRINAJE” con el que dio  comienzo a, como ella misma dice,  “este raro, y a veces incomprendido, mundo de las letras”.

En 1995, apareció  “DEDICATORIAS”, su segunda publicación en la que se reúnen poemas dedicados a personas que marcaron su vida.

El año 2008 publicó su tercera obra poética “BASICA Y PRIMITIVA”, que la llevó a afianzar la seguridad por su pasión: la poesía.

En Ediciones De La Grieta la conocimos al leer de su último libro en el Encuentro de escritores de Plottier del año 2016. Durante el evento, conversamos sobre la posibilidad de publicar juntos su cuarto poemario en el que estamos trabajando en estos momentos.

 

—Les dejamos un pequeño adelanto.—

Soy yo,

un verso,

que se consumió entre líneas,

entre libros,

lecturas y garabatos.

 

Soy una palabra simple,

que soñó ser princesa,

y se escondió temblando

detrás de estos ojos míos,

que tanto han mirado,

que tanto han visto.

 

Soy una frase,

armada entre sollozos,

asonada, desconectada,

ajena a las normas de la lengua.

 

Soy una frase

que nació ayer,

que quedó inconclusa,

que nunca terminó de ser.

 

Soy yo:

fui niña, fui pájaro,

soy yo, desarmada,

estos son mis escombros,

que pretendo rearmar

en un edificio de versos.

 

 

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Miguel Abuelo et Nada (1974)

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La primera formación de Los Abuelos de la Nada edita un simple con los temas “Diana Divaga” y “Tema en Flu sobre el Planeta”, pero además el tema “La Estación” entra en el compilado “Mandioca Underground”. Sin embargo, Miguel Abuelo, como solista publica dos simples: “Oye Niño”/ “¿Nunca te miró una vaca de frente?” y “Hoy seremos campesinos” / “Mariposas de Madera”.

Imagenes del Puerto de Buenos Aires

Miguel Abuelo se establece en Europa sin haber registrado ningún álbum y es en Francia, que con un grupo llamado Hijos de Nada graba su primer LP en 1974. Una historia increíble donde una dama de buena posición pone a disposición su casa que funciona como alojamiento para la banda y estudio de grabación. Participan Daniel Sbarra en guitarra , Carlos Beyris en cello, Pinfo Garriga en bajo, Diego Rodríguez en batería, Gustavo Kerestachi en sintetizador y Juan Dalera en flauta y quena. Las cuatro primeros temas pertenecen a Miguel Abuelo. “Tirando piedras al río” un tema con influencias de Zeppelin. “El largo día de vivir”, e donde flota la atmósfera hippie de Abuelo sumao a su hermosa voz y la guitarra acústica, el cello y flauta. “Estoy aquí parado, sentado y acostado” un clásico que crece en intensidad. “El Muelle” que contiene fragmentos de poesía de Rumi, poeta del siglo XIII.

Los tres temas finales pertenecen al guitarrsta Sbarra. “Señor carnicero”, un rock duro ornamentado con un adictivo arreglo de cello. “Recala Sabido Forastero”, una canción muy bien ornamentada y finalmente “Octavo Sendero” otro imponente rock con gran arreglo de voces. Un álbum absolutamente recomendable. Obvio, si lo consiguen.

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CINCO NOTAS A PARTIR DE RICARDO PIGLIA Y UN EPÍLOGO

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Advertencia: ​ Quien espere leer a continuación un ensayo sobre la obra de Piglia, vaya a este link, donde encontrará el texto que apareció publicado en “Contra la fatiga del arte” (Ediciones De La Grieta, 2012) y, antes, en este libro.

                                                                                  

 I

«Te hago una pregunta desde mi postura de lector paranoico. El segmento “Conurbano” de Fuera de lugar, es una suerte de homenaje a Piglia, ¿no? Digo, porque la anécdota del suicidio y el casino es la misma que usa Piglia para su Tesis…»

No voy a mencionar otra pista más. Enumeré otras tres o cuatro referencias mientras manejaba desde el aeropuerto hasta el hotel donde se hospedaría Martín Kohan mientras durara su estancia en la Feria del Libro local. A mi lado estaba Gustavo Malajovich, otro lector de Piglia. No mencionaré más pistas porque estaría quitándole el placer a otros lectores paranoicos como yo. Pero sí contaré que Kohan respondió:

«Sí, claro. Es que no puedo concebir el policial sin Piglia. Mi lectura del género policial es a través de su obra».

Probablemente nunca más vuelva a ver a Kohan. No obstante, ese comentario le valió un seguidor incondicional, un fan que de allí en más redobló el placer de leer sus libros gracias a la complicidad en cierto modo de leer. Como lector paranoico (algo que también le debo a Piglia) devenido escritor paranoico, volver a comprobar que esa manera de abordar un texto no era fruto del delirio hermenéutico sino de una manera apasionada (y, sí, aceptémoslo, obsesiva) de abordar la lectura, de entrar a la literatura con los ojos de un detective de noir o de un periodista a lo Walsh/Renzi, que hallaba su correlato en un modo de escribir que Piglia había estudiado en muchas de sus páginas, me había obsequiado algunos minutos de satisfacción y había aquietado mi introspección.

El trayecto al hotel también incluyó un diamante, una anécdota referida por Kohan que, con un leve trazo alzó un retrato de la manera de ser de Piglia.

Lo del premio Planeta le había afectado mucho. Diez años después del escándalo, quizás más, me crucé con él en un aeropuerto. Llevábamos tiempo sin vernos. Apenas nos saludamos, me dijo:

“¿Te enteraste, Martín, de lo que pasó?”. Me llevó un rato entender que se refería a lo del premio. Habían pasado diez años y todavía lo afectaba».

 

II

No recuerdo quién me pasó la dirección de correo electrónico; creo que Pablo Pujol. Yo había escrito un ensayo sobre Piglia a partir de la publicación de Formas breves, en 1999. Estábamos cerca del catastrófico 2001.

Envié el texto, sin la menor expectativa, a la dirección de e-mail donde se mencionaba a Princeton.

Una semana después me respondió el mismísmo Piglia. Casi me desmayo. Con suma cordialidad y cautelosa generosidad comparó mi texto al de Masotta sobre Arlt y me ofreció contactarme con Adriana Rodríguez Pérsico, quien estaba preparando un volumen con ensayos sobre Piglia para la Universidad de Pittsburgh.

No podía creerlo. Una semana después, me encontraba con Adriana en un bar de Caballito. No nos conocíamos y por aquel entonces no existía un Facebook que sirviera para tener la foto del contacto. La referencia fue precisa: yo iba a llevar a la cita un ejemplar de la primera edición de La invasión.

Así fue como Adriana pudo reconocerme. Recuerdo que era domingo, que hacía mucho calor y que se había tomado el trabajo de leer mi texto con benevolencia.

«Vas a tener que modificarlo», me dijo, «porque el libro reúne escritos sobre la obra de Piglia en general y todo el segmento final de tu ensayo es sobre Formas breves en particular».

Le dije que no había problema. «Y las citas. Hay que unificar el formato con el resto del libro». Le pedí que me indicara qué tenía que hacer. Me lo dijo.

«No quiero que mi texto termine siendo un ensayo académico», protesté. «No te preocupes. Nunca va a tener tono académico».

Luego bebimos nuestras gaseosas y ella me sugirió que leyera a Aira. Confieso que después de haber leído cinco o seis libros de la prolífica bibliografía de sir César sigo siendo indemne a sus encantos.

Esa misma semana le envío por correo electrónico el texto modificado. Adriana me lo devuelve con observaciones, objeciones, preguntas y comentarios. Sabe. “La tiene clara”, diríamos en el barrio. Lo había pulido hasta volverlo legible.

Luego de dos o tres intercambios, me pide que me contacte con María Florencia Ferre para darle una forma final al texto.

Voy a la casa de María Florencia. Simpática, atractiva, inteligente. Me “saca la ficha” en dos o tres minutos. Me voy de su casa con la versión final del texto y un libro de poemas escrito por ella, del cual siempre recuerdo “Coral bone”.

Mientras tanto, Ricardo está en Buenos Aires. Coordinamos para encontrarnos en un bar que no puedo recordar si estaba en Boedo o Almagro. A última hora, él me llama para suspender el encuentro. Unas semanas después, soy yo quien lo suspende por un principio de neumonía. Es la última vez que hablamos por teléfono.

Unos años más tarde vengo a vivir al sur. El mail llega junto con el camión de la mudanza. El libro salió al mercado. Hay un link y se consigue en internet. Gracias a José María Perazzo, consigo tres ejemplares que él compra en amazon y me los envía por medio de un amigo. Cuando los recibo, descubro que mi ensayo comparte el volumen con Graciela Speranza, Ana María Barrenechea, Juan José Saer y Jorge Fornet, entre otros.

«Si comparto páginas con esos nombres, si a Piglia le pareció bien y Adriana avaló, no debo haber escrito una monstruosidad», me digo. «Quizá sea el momento de empezar a publicar mis textos», pienso.

Piglia, que me había enseñado a leer las vanguardias argentinas, me había abierto la puerta a un nuevo pasadizo.

 

III

Termino de leer El último lector. Hay dos o tres cosas que “no me cierran”. Una mención en la contratapa a un texto que no aparece en el volumen, un comentario despectivo sobre Murena y alguna otra “sagaz” objeción me llevan a escribirle a Piglia.

Llevamos un par de años sin intercambiar mails, en gran medida porque mi nueva vida patagónica me aleja de la mayor parte de los círculos que frecuentaba y me siento “desincronizado” de todo.

Hay una respuesta. Pero está en blanco: ningún texto. Le pregunto si se olvidó adjuntar algo. No responde.

Un año más tarde, vuelvo a escribirle, whisky mediante, en medio de un ataque de baja autoestima. Le envío los relatos que conforman la versión original de Barbarie y civilización. Le pregunto si vale la pena insistir con la literatura, si algo en ese libro que sea de valor. No me responde. Ya nunca más.

El libro gana el segundo premio de un concurso nacional y termina siendo publicado unos años más tarde, en una versión resumida.

De haber sido él, yo tampoco hubiera respondido.

 

 

 IV

2010 o 2011. Aprovechando la avalancha de premios por Blanco nocturno, intento contactarlo. Creo que es una novela-síntesis de su obra y quiero que él lo corrobore (o no). Es en vano. Nunca contesta.

Una mujer que frecuentaba mis ciclos de cine me hace llegar la grabación de un ciclo de conferencias que Piglia dictó en la Biblioteca Nacional o en el San Martín o en el Rojas. La hija grabó las cuatro clases sobre literatura y tuvo la amabilidad de permitirme hacerlas públicas.

Armo cuatro programas en Radio Nacional para compartir estas clases magistrales con los oyentes. Una sola persona nos felicita, un único oyente.

Dos años más tarde, leo vorazmente El camino de Ida. La prefiero a su anterior novela. La disfruto mucho más: me divierte, me dispara nuevos interrogantes, me plantea flamantes problemas. Hago una reseña al aire, acompañada por la música que Luis Nacht grabó para textos de su autoría. Ya no intento ubicarlo. Por la noche, en otro programa, emito los textos de ese disco/libro.

A nadie le importa excepto a mí. Silencio de radio.

 

 

V

Leo Respiración artificial por primera vez a los veintipico. Vivo en un departamento en Coghlan, junto a una hermosa chica de ojos verdes. Leo el libro en tres días, lo releo en dos. Corro a las librerías a buscar algo más de ese tal Ricardo Piglia. Descubro, en mi propia biblioteca, en casa, en un ejemplar de Cuentos policiales argentinos, editado por Kapelusz, que compré en una mesa de saldos hace unos meses, “La loca y el relato del crimen”, el texto que, para mí, sostiene toda la literatura pigliana.

Será en otra casa, en Villa Pueyrredón, donde vivo con otra chica (delgadísima, de ojos pardos, extremadamente inestable, de quien me separaré en breve), donde por fin pueda escribir sobre Piglia. Necesité ese tiempo (y “La invasión”, “Nombre falso”, “Crítica y ficción”, “La ciudad ausente”, “Prisión perpetua” y “Plata quemada”) para poder entender algo de ese magistral engranaje que pone en marcha su literatura.

Entre una casa y otra median casi veinte años. Casi nada. Y los cambios de escritura que marcan el estilo de un escritor. Y las marcas en la piel que modelaron otras manos.

 

 

VI

Mi mujer me despierta de la siesta con diclofenac y me dice que murió Ricardo Piglia. Subo a mi estudio: todavía me queda terminar Las tres vanguardias y empezar el segundo tomo de los “diarios de Renzi”. Me siento frente a la computadora y abro el FB.

Leo en la web que antes de fin de año saldrá el tercer volumen de los diarios y que se esperan textos inéditos de su autoría. Dentro del dolor, esas noticias banales me alegran. Pienso en el café postergado eternamente. En que ya no habrá un encuentro. En que no podré escribirle ebrio y en que no volveré a pedirle explicaciones con altivez. En que no podré traerlo a la Feria del Libro.

Pienso que sin él no leería como lo hago, que sin sus libros mi visión de los libros sería mucho más estrecha. Pienso que no puedo concebir la literatura argentina sin su presencia.

Se me llenan los ojos de lágrimas.

 

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