Month – junio 2016

Presentación de Shumpall

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El viernes 1º de Julio a las 20 hs se presentará el libro Shumpall de la escritora Roxana Miranda Rupailaf, en La Pastera/ Museo del Che.

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Roxana (1982, Osorno) es una de las más interesantes y contundentes poetas mapuches de Chile. Premiada y distinguida tanto en su país como en el extranjero, conmueve su voz dada la gran cantidad de nervaduras y cruces culturales y poéticos de los que da cuenta, sin perder tensión y claridad.

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Shumpall, la obra que se presentará el viernes, obtuvo el Premio Literario Municipal de Santiago de Chile como mejor obra poética en 2012. En ella, la autora retoma la tradición oral, la cosmovisión y el erotismo como puntos de partida para tejer la voz y el cuerpo como territorios. Invitan: Colectiva Cronopia, Instituto de Formación Docente Nº 3 y La Pastera . La entrada es libre y gratuita.

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El geriátrico

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—Susana, te digo que ese tipo es un monstruo. Me mandó a matar, quiere asesinarme

—Basta, mamá —respondió la mujer, cansada de oír esas historias—. ¿Vos escuchás lo que me acabás de decir? ¿Qué carajo le importa al presidente si vos no sos de su partido? ¿Cómo te va a mandar a matar si no sabe quién sos?

—Te digo que ese hijo de puta me quiere muerta. Si hasta mandó dos nuevas enfermeras al hogar para que me envenenen —insistió María Rosa.

—Mamá, escuchame. Nadie quiere matarte, y mucho menos el presidente; no se va a tomar el tiempo de ir a matar a cada persona que le cae mal. Además no te conoce, dudo que le preocupe una pobre jubilada.

—Te digo que me quiere matar, tiene rencor porque tu padre era militante de la oposición.  Vos también tené cuidado, Susy, que seguro va por vos apenas  termine conmigo.

—Me tenés cansada con esa historia. Te digo que nadie quiere matarte. —Susana golpeó la mesa y volcó sobre el mantel lo poco que le quedaba de té—. ¿Ves, mamá? Mirá qué nerviosa me pusiste.

—No puedo volver al geriátrico, me van a matar. Yo lo sé. Hasta me lo confirmó la Pochi, ella vio cuando ponían algo raro en mi puré. Por eso no lo comí.

—Ma, la Pochi está más loca que una cabra —se quejó Susana, sin medir sus palabras—. Los hijos la dejaron en el geriátrico porque se levantaba a la madrugada y empezaba a gritar que los marcianos le habían secuestrado al perro.

—Pero el perro no está.

—Porque se les escapó, mamá, por favor. No digás pavadas.

—Susy, vos no entendés porque no viste a las enfermeras nuevas. Son casi iguales, como robots. Y cuando se miran, se hablan. No como te hablo yo a vos, con la boca. Ellas se hablan con la cabeza, con la mente. Se miran y se ríen cuando me ven, es porque están planeando envenenarme. Yo allá no vuelvo.

—Sí mamá, vas a volver porque en casa nunca hay nadie para poder cuidarte. Además, en el geriátrico tenés amigos, te ayudan con tus cosas, juegan al bingo, cantan tango. Todo eso en mi casa no lo podrías hacer —explicó.

Susana le clavó la mirada a su madre. La anciana la observaba. A ella le dolía ver cuánto había envejecido en los últimos años. Ya no se teñía el pelo de rubio como antes, ahora lo dejaba blanco, siempre en un rodete. La recordaba treinta años más joven, con sus zapatos de taco aguja y más maquillada que un payaso. María Rosa parecía ahora otra persona. Incontables arrugas surcaban su rostro y sus manos temblaban cuando agarraba la taza de té. Susana quería mucho a su madre; pero al igual que tantos porteños,  no tenía tiempo de cuidarla. Entre el trabajo y las actividades de sus hijos, apenas si pisaba su casa para dormir. Y María Rosa necesitaba que la cuidaran, que la obligaran a tomar sus remedios y que la ayudaran a levantarse cada vez que se sentaba. Con su marido, Susana había pensado en contratar a una enfermera a domicilio, pero el país estaba tan jodido que no se atrevieron a meter a una extraña en su casa todo el día, con su madre ya anciana.

La única solución posible fue el geriátrico. No era uno de esos casones viejos que se venían abajo. Susana se había esmerado en conseguir el mejor sitio posible; un lugar con actividades constantes donde su madre pudiese sentirse a gusto. Era caro, pero quería lo mejor para María Rosa.

—Susana, ellas saben que te estoy contando esto. Cuando llegue, me van a escuchar lo que pienso y ahí me matan. No puedo volver —insistió la anciana.

—Hagamos un trato —dijo la hija, fingiendo que pensaba—. Hoy vas a volver. No pensés mucho en lo que me contaste. Andate a dormir directamente. Yo voy a buscar otro geriátrico. Apenas encuentre uno, te mudás —sonrió— ¿Podés resistir un par de días, mamá?

—Si hago de cuenta que estoy enferma y me la paso durmiendo, capaz —contestó María Rosa.

—Entonces, ahora te llevo de vuelta, y te llamo todos los días para asegurarme que estés bien. —En el fondo, Susana esperaba que su madre se olvidara del asunto en un par de días.

—Bueno, pero mirá a las arpías esas cuando me dejés. Quiero que las veas a los ojos. Te vas a dar cuenta enseguida que no son personas comunes. Tienen algo raro.

Terminaron de merendar y subieron al auto. No hablaron demasiado en el camino. Entraron juntas al geriátrico y se dirigieron directamente a la habitación de María Rosa. Allí se despidieron.

Antes de salir, Susana pasó por la recepción y habló con las dos chicas nuevas, unas muchachas de veintitantos años que eran  muy buenas amigas. Les contó lo que su madre había dicho y les pidió que intentaran ignorarla y evitarla hasta que se le fuera la idea de la cabeza. Ellas respondieron amablemente y le dijeron que no tenía nada de qué preocuparse.

El remordimiento empezó a carcomerle la cabeza ni bien dobló en la esquina. Le había prometido a María Rosa guardar silencio sobre lo ocurrido, pero temía que su madre intentara lastimar a las chicas si pensaba que la estaban envenenando.

Cuando llegó a su casa, le contó la historia a su marido. El hombre río ante la ridícula idea de personas que se hablan con la mente y que trabajan  para el presidente, dijo que sería una buena idea para una de esas películas raras de Hollywood.

Pero incluso durante la cena, Susana no podía dejar de pensar que había traicionado la confianza de su madre. Y antes de acostarse, decidió sacar un turno para que su madre viera al psicólogo y avisar en el geriátrico que la semana siguiente iría a buscar a María Rosa de nuevo. Su madre confiaba en los médicos, así posiblemente consiguieran convencerla de que los marcianos no roban perros y la gente no se habla por la mente.

Marcó el número. La atendió el enfermero que cubría el turno noche.

—¿De qué habla? —preguntó el hombre—. Acá no hay ninguna mujer llamada María Rosa.

Las madres siempre tienen la razón.

Leé más cuentos de Nathalia en su blog

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UN VETERINARIO EN LA PATAGONIA

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ANA 2014

CUENTO MENCIÓN DE HONOR EN CERTAMEN  NACIONAL“JUNÍN PAÍS” 2OO3. AUSPICIADO POR CULTURA DE LA NACIÓN, CULTURA DE LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES Y MUNICIPALIDAD DE JUNÍN( PVCIA DE BUENOS AIRES)

Como todas las mañanas, Nacho llegó a la veterinaria. A las nueve de la mañana arribaría su ayudante y comenzaría con la limpieza y la atención de los animales; agua y comida para los canarios, maíz para los gallos, verduras para los hamsters. Lo primero que hacía es prender la radio, pasaban buena música y noticias locales y nacionales.  Desde que se pudo sintonizar emisoras argentinas en estos lados de la Patagonia, se había hecho adicto a la radio. El  tiempo se presentaba bueno, excelente auspicio de trabajo.

Otoño, el cerro Curruhuinca, con el colorido de su bosque era una fiesta para la vista. Esos días se vivían intensamente, pronto llegaría la temporada de lluvias y nevadas. Una ford vieja, pero orgullosa y bien cargada, se detuvo frente al local de la Veterinaria. De ella bajó un hombretón de cara amistosa y dispuesto a la charla coloquial.

—¡Qué tal doctor!

—¡Cómo anda Don Zacarías!

—Y aquí andamos, bajando al pueblo, preparándonos para el invierno, va a ser un año muy nevador.

—¿Usted cree?

—Sí,  ya he visto bajar pumas al campo, cuando los animales salvajes bajan temprano, seguro el invierno es nevador.

En  esos momentos entra Carlitos, el canillita del barrio, comiendo unas facturas. Deja el diario y se dirige hacia donde se encontraban los hamsters.

—Doctor, a la tarde vengo a buscar el que me regaló, así hago crías con la hembra, después se las vendo. Se ríe ante el negocio que propone.

—O.K. Carlitos, vení nomás.

Cuando se fueron Don Zacarías y Carlitos, el veterinario preparó el mate y se acercó a su escritorio, en el desorden natural de sus papeles encontraba lo que necesitaba. Luego de anotar un pedido tomó el diario y se dispuso a leer los títulos, en grandes letras se destacaba parte de un discurso del presidente argentino en el que destacaba  la entrada triunfal del país al nuevo orden mundial, la pronta entrada al primer mundo y el despegue económico, sonrió. ¡Éstos políticos!  Se montan en la cresta de la ola, total después nos estrellamos todos, pensó. Cuando estaba por leer el artículo sonó el teléfono. Una voz femenina, precisa le recordó de su visita a “La Estancia”, bueno, el diario sería leído después. Tenía que preparar  los medicamentos y todo lo necesario para la desratización de los galpones y alrededores de la casa. Pensó en la yegua, estaba mejorando, pero seguía con cólicos, aunque más distanciados. También tendría que desparasitar a los perros y supervisar el yeso de la pata del jabalí. Llegó Nelson, su ayudante, lo ayudó en los preparativos. Una vez organizados y delegando la atención comercial de la Veterinaria al joven, partió pasada las diez de la mañana con la Break atiborrada de elementos para su trabajo.

Entrando en la ruta comenzó a bordear el lago Lácar. Su belleza es imponente, posee la geografía de un fiordo pero de agua dulce. En él se reflejan los verdes-azules de los bosques que cubren los cerros, formando voluptuosas curvas en su superficie, demostrando la forma plegada de los mismos. Siguió a media marcha el ascenso de la ruta, un saludo amistoso a un paisano mapuche que se dirige caminando hacia el pueblo, al lado de su catango tirado por dos bueyes. Sobre el pescante iban sentados dos niños cuyas miradas serias y distantes observaban el paso del coche. A lo lejos, donde el lago sigue su rumbo hacia el Océano Pacífico, se ven como pintadas las montañas limítrofes. Como todos los pobladores que aman ese lugar, Nacho siente el peso de esa belleza, si bien está  protegida dentro del Parque Nacional Lanín, sabe del peligro que corre ese lugar intangible. Por  su mente cruzan como  slogans; “Canje verde por verde”, “Eutroficación” “Tala indiscriminada” “Incendios forestales”… pero bueno, disfrutaría este día de otoño, buena música por la radio y un día de trabajo en el campo.

Cerca del mediodía llegó a “La Estancia”. Paró en la casa del puestero, los perros se acercaron a recibirlo, menos uno que se escondía, seguramente recordaba la última inyección que lo curó del moquillo. Don Raúl salió sonriente y respetuoso ante el arribo del Doctor. Luego del saludo entraron a la casa, típica de la zona, base de piedra, resto de madera y techo a dos aguas. En el interior la cocina a leña irradiaba un parejo calor, tan necesario ya que a pesar del sol la temperatura no pasaba de los 5°C. Tomaron unos mates acompañados por unas buenas tortas fritas, recién fritas en grasa, calientes, hinchadas por la acción de la levadura. Luego de una amena conversación sobre asuntos del tiempo y comentarios sobre familias del pueblo se despidieron. La Break entró por el sendero que llevaba a la casa. El suelo era alfombra crujiente de hojas doradas. A los costados; cipreses, maitenes, robles pellines, ñires y las ondulantes cañas colihues del sotobosque. Se acercó a la casa principal, bajó del coche. A través de los vidrios de grandes ventanas se observaba una galería con sillones cubiertos de pieles, trofeos de caza de la zona  y de otras regiones del mundo, sobre las paredes. El rechazo de Nacho, siempre que miraba esas imágenes, era instintivo; algo oscuro, siniestro, envolvía a ese ambiente. El saludo de Don Sepúlveda lo devolvió a la mañana luminosa. La atmósfera era transparente, fría, vital. Realizaron sus tareas, siempre era agradable trabajar con ese hombre cordillerano y chileno. Cuando llegaron a uno de los corrales, Don Sepúlveda señaló a dos ciervos y dos jabalíes bien gordos, estaban listos para carnearlos. Se harían facturas; chorizos, lomitos, salames y demás tipos de embutidos. El patrón de “ La Estancia” llegaría en las próximas  semanas desde Alemania, donde residía. Iba a recibir visitas especiales; al embajador de Estados Unidos y a una comitiva del Gobiero Argentino. Acordaron que Don Sepúlveda le acercaría al pueblo las muestras de los animales para hacerles los análisis correspondientes antes de  elaborar las facturas. Al atardecer terminaron con toda la tarea.

De regreso al pueblo, el paisaje, con la ruta en bajada se veía desde otra perspectiva, una lancha cruzaba el lago, en dirección hacia Quila-Quina, una isla de las cercanías del pueblo. Desde lo alto de la ruta se veía como un barquito de papel. En cerros más bajos se destacaban las “rucas”, casa de los indígenas, con sus típicos corrales. Algunas nubes oscuras se venían acercando desde el Pacífico, presagiando mal tiempo.

A los tres días del trabajo en  la “La Estancia” llegó Don Sepúlveda a la Veterinaria, traía las muestras de los animales carneados para realizar los análisis. Querían convidar a las visitas con esas delicias regionales. Mate por medio, la charla brotaba espontánea y fluida. El Doctor se puso a preparar las muestras en los portaobjetos, mientras Nelson y Don Sepúlveda charlaban y le pasaban unos mates. Abrió la pesada tapa del Triquinoscopio, quedando al descubierto una amplia pantalla, apagó la luz. Ubicado uno de los portaobjetos, el profesional comenzó el ajuste. Apareció en la pantalla la imagen de los músculos, busco precisión. Al instante se observaron pequeñas espirales. Silencio. Siguió la búsqueda, más precisión. Aparecieron más espirales ¡Había triquinosis! Se hicieron más análisis y todos con el mismo resultado. Eso era grave, se debía sacrificar el lote de animales, quemarlos. Don Sepúlveda estaba pálido. Decidieron que de inmediato viajaría a “La Estancia” para dar la mala noticia. Al otro día iría el veterinario para presentar el informe al administrador.

En esos días comenzó a nevar pero la nieve duraba poco, aún faltaba frío para que quedara en los suelos,  los cerros sí estaban cubiertos. El sol  volvió a salir, última resistencia heroica ante la inevitable llegada del mal tiempo. Nacho viajó al campo a presentar su informe. Fue áspero el asunto, discutieron con el administrador, éste se negaba a quemar los animales sacrificados y con triquinosis. Era la  única manera de evitar que se propagara la enfermedad. El veterinario expuso el peligro de la ingesta de las facturas, ya que se consumían crudas. El administrador lo amenazó de prescindir de sus servicios si el profesional insistía en denunciar el caso antes las autoridades de Sanidad animal.

De regreso al pueblo, doblando el camino, se encontró con una comitiva, ¿Habría llegado el “Patrón”?  La mente nublada por la indignación no veía el colorido paisaje, ni respondió como siempre lo hacía a los saludos corteses de los vecinos. Al llegar fue directo al teléfono y marcó el número de Sanidad Animal. Una voz conocida lo saludó. Mientras denunciaba el caso, prometiendo la documentación, con la tranquila convicción que guiaba todos los actos de su vida, observó el viejo diario que quedó sobre el escritorio donde se destacaba en grandes títulos “ARGENTINA EN EL NUEVO ORDEN MUNDIAL”. Al cortar  la charla telefónica se puso a leer el artículo abandonado, sintió asco, para sostener esa filosofía iban a tener que  “negociar” la patria. Faltaban cinco años para  entrar al nuevo siglo.

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EL SECRETO DE LA NOCHE

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Hacia los años 60 existió en Buenos Aires un grupo literario llamado OPIUM.

 Eran los escritores que no escribían, tal como indicaba el manifiesto de una de sus cuatro únicas publicaciones publicadas entre 1963 y 1967.revista-beatnik-opium-nestor-snchez-mulet-fox-poesa-237701-MLA20379816676_082015-O

 Anárquicos, noctámbulos, guerreros sin más armas que la palabra; los OPIUM se abrían paso en un contexto que alternaba la represión militar con breves episodios democráticos.

Desde la llamada “Manzana loca”, cuyo epicentro de poder –alimentado por los míticos cafés (como el caso de “El Moderno”, verdadero punto de reunión de artistas) – era el Instituto Di Tella, semillero de locura y pasión, estos no-escritores pasaban largas horas compartiendo y debatiendo. No hacían poesía. La vivían.

 Ruy Rodríguez, Reynaldo Mariani, Sergio Mulet, los Hermanos Bartolomé e Isidoro Laufer fueron, entre otros, los miembros estables del movimiento. El eco (o el ruido) de sus acciones todavía persiste hasta nuestros días.

 Quizás la mejor estampa de cómo se vivían aquellas noches porteñas nos la da el testimonio directo de uno de sus participantes, Miguel Bartolomé: “Opium fue un lugar de encuentro de gentes diferentes, no nos reunimos por iguales sino por desorientados y desubicados en nuestro contexto social e histórico. Había, sin duda, algo de la gene­ración beatnik que nos identificaba o que nos incluía, pero no todos hacíamos de ella nuestro su ideario, la retórica de Ginsberg o de Keruak no nos penetraba más que la de Cortázar o del memorable autor de Sobre Héroes y Tumbas . Ello se advierte un poco en el tipo de vida que practicábamos, desde un cierto marginalismo social y económico de algunos de nosotros, hasta los que seguíamos viviendo en casa de nuestros padres.”

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El fuego de aquella era sigue encendido; en los poemas, en las revistas, en los recuerdos ó en documentales, como el que tuve la suerte de impulsar: “Opium, la Argentina Beatnik” (2015/2016).

 En los sesenta, Buenos Aires pareció ser otra ciudad. Una que gritaba. Que exigía libertad. A todo o nada.

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El fenómeno de la autopublicación de libros en Argentina

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soledad

Desde hace un par de años, comenzó a llamarme la atención la cantidad creciente de escritores autopublicados. En los primeros tiempos, eran más que nada extranjeros, pero luego empecé a notar que había varios argentinos. Debo reconocer que al principio no les di mucha importancia y no tenía ganas de leerlos. Me imaginaba que eran amateurs que escribían obras de dudosa calidad literaria. Sin embargo, la curiosidad pudo más y me animé a leer algunos libros y cuentos. Así descubrí que había de todo. Por un lado, es cierto que algunos eran muy amateurs y sus textos tenían graves errores de puntuación, gramática y ortografía, pero por otro lado, había algunos que eran de una calidad que nada tenía que envidiarle a los libros publicados por editoriales reconocidas. Para conocer más sobre este fenómeno, entrevisté a cinco escritores argentinos autopublicados: Vanina RodríguezAriel PytrellNathalia TórtoraJavier Del Ponte y Melisa Ramonda.

tinieblasMe intrigaba la formación de los escritores autopublicados. Una se imagina que todos los escritores estudiaron Letras, pero me llevé una sorpresa al ver que, en su mayoría, han estudiado disciplinas que no tienen gran relación con la literatura. Vanina Rodríguez estudió Hotelería y Nathalia Tórtora es licenciada en Museología y Gestión del Patrimonio Cultural. No obstante, ambas han participado de talleres literarios; incluso, Vanina coordina uno. Por su parte, Javier Del Ponte estudió Derecho durante unos años para luego cambiar y dedicarse a estudiar Psicología, carrera, que afirma, le posibilitó el ingreso al mundo de la escritura. Melisa Ramonda además de ser diseñadora, también es ilustradora y cuenta que trata de aprender lo necesario para escribir sus obras. Ariel Pytrell es el que tiene una formación más clásica, en comparación con el resto de los escritores que entrevisté, ya que sí estudio Literatura. Sin embargo, es importante remarcar que también es director y formador de actores.

Una de las preguntas que les hice a los escritores fue por qué decidieron autopublicar sus Gemmalibros. La mayoría se queja de que las grandes editoriales no tienen en cuenta a los nuevos escritores. Vanina comenta que “es muy difícil llegar a una que reciba el material y que lo analice. La mayoría, si contesta, dice que tiene cerrada las puertas para recibir manuscritos”. Ariel, que es un escritor experimentado y que a diferencia del resto sí ha sido publicado por editoriales, me contó su experiencia personal al intentar publicar la novela Sombras del fin del mundo: “considero a Sombras de fin del mundo (Bindalinē 1) como «original» y «literaria», que no responde a conclusiones de análisis de marketing. Todas las editoriales, nacionales y extranjeras, que recibieron el original aprobaron todo, pero no pasó la prueba de «vendible», según los parámetros actuales de lo que debe ser un libro «publicable». Me pareció una enorme pena que una historia que me llevó desarrollar casi toda la vida (comencé a escribir la lengua Danahuacal’ate, que es la que se habla en la serie, a los diez u once años) se perdiera para siempre”. Ariel remarca que las editoriales se rigen por las leyes del mercado y opina que “en los últimos treinta años los editores son más parecidos a técnicos en marketing y dirección de empresas que a su otro costado, el literario. Esto trajo un cambio radical en la forma de gestionar el mercado, de «surtir» a las «demandas» de los géneros, porque publican libros cuyo valor radica en ofrecer garantías ya probadas”.

el ultimo latido de un sueñoCon respecto a la forma en que autopublicaron sus libros, Ariel, Melisa y Nathalia optaron por publicar a través de Amazon. Ariel y Nathalia además utilizaron los servicios de Hesíodo, una plataforma argentina. Ambas plataformas imprimen por demanda, Según Nathalia, lo bueno de utilizar este medio es que no se necesita una inversión inicial que muchas veces los escritores independientes no poseen. En el caso de Melisa hay que destacar que ella misma se encarga del diseño, edición y maquetación de los libros mediante su propio emprendimiento, Dark Unicorn Ediciones. Vanina y Javier, por su parte, optaron por editoriales argentinas que publican libros de escritores independientes, como Tinta Libre y Thelema. Nathalia también utilizó este tipo de editoriales, en su caso, la ya nombrada Thelema y Ediciones de la Grieta. Le pregunté a Javier si en Rosario había posibilidades de autopublicación y me nombró a Baltasara Editora y a Laborde Editor.

Les pregunté a los escritores cuáles eran las desventajas de la autopublicación y coincidieron en cuatro puntos negativos: el alto costo económico, las múltiples tareas que debe realizar el escritor, la falta de distribución y publicidad, y el desprestigio que tienen las ediciones de autor. Ariel considera que “es durísimo rasguños en la puertapara un autor, por más experiencia que tenga en el mercado editorial, traccionar su propio libro sin, prácticamente, mucha inversión”. Vanina afirma que “la autogestión implica resignar horas de escritura para convertirse en el responsable de publicidad, prensa, organización de eventos, edición de videos, diseñador, etc”. Melisa opina que “tener el aval de un sello editorial conocido y que haya publicidad a un nivel más importante siempre ayuda a vender mucho más que la promoción que uno puede hacer. El autopublicado está limitado de muchas formas, la venta del libro en papel es la que más sufre porque si la gente no lo ve en su librería amiga, no se va a meter en internet a comprarlo, muchas veces es compra por impulso”. Algo similar nos cuenta Nathalia: “los libros autopublicados no llegan a las librerías ni tienen publicidad en ningún lado. Los lectores no saben de la existencia de un montón de libros independientes que seguramente les encantarían. Y aunque los conocieran por verlos en algún blog, no los podrían conseguir porque no están en librerías. Esto es un problema especialmente para quienes nos dedicamos a escribir literatura juvenil. El adolescente promedio no tiene la posibilidad de comprar online o de viajar de una ciudad a otra por un libro”. Según Javier, hay “varios factores que convergen para que el trabajo del autor independiente sea difícil y poco valorado. Por un lado, lo que yo llamo como falta de riesgo editorial. ¿Qué quiere decir esto? Que las grandes compañías editoriales han dejado de buscar la novedad en las penumbras, hoy se limitan a tomar fenómenos en expansión y añadirle todo su aparataje publicitario y de difusión para que aquellos fenómenos alcancen tamaños mundiales (y que por otro lado, muchas veces esos fenómenos distan mucho de ser literatura de calidad, me reservo los ejemplos). Por otro lado, y en consecuencia del primer factor, está la falsa creencia de que aquello que no ha tomado trascendencia, que no tiene un sello editorial importante, no tiene la calidad suficiente”.

bindaline portada nuevaPero no todo es negativo. Entre las ventajas, podemos citar que el escritor puede controlar todo el proceso de publicación y no recibe presiones por parte de las editoriales. Nathalia opina que “una de las ventajas de ser independiente es que nadie te corre con fechas de entrega o con qué es lo que deberíamos estar escribiendo. Un escritor independiente tiene la posibilidad de experimentar nuevos géneros, tomarse su tiempo, encajonar proyectos para más adelante y manejar sus horarios como prefiera. Además, el escritor independiente es dueño de su obra y puede publicarla cuantas veces quiera con distintas editoriales o servicios de impresión porque es dueño de sus propios derechos”. Vanina destaca además las distintas iniciativas que están surgiendo para que los escritores autopublicados puedan aunar esfuerzos e intercambiar sus experiencias, como LEA (Literatura de Escritores Argentinos), una iniciativa que lleva adelante junto con Javier y Gabriel Sosa.

Ante la pregunta de si les gustaría que una editorial conocida publique sus libros, la mayoría contestó que sí. Melisa afirma que “mientras sean serios conmigo y respeten mi trabajo, yo me animaría a trabajar con una editorial. Todo depende de lo que ofrezcan. A mí me interesa la distribución del libro físico más que cualquier otra cosa, en este momento, porque es algo que no tengo”. Nathalia cree “que sería interesante tener una novela publicada a gran escala, con buena repercusión y que gracias a esa sola novela los lectores pudiesen llegar a todas las demás, que seguirían siendo independientes. Es un sueño un tanto utópico, pero uno nunca sabe qué le depara la vida”. Por el contrario, Ariel, que varias veces fue publicado por editoriales, cree que, a pesar de las desventajas, seguirá publicando en la modalidad de autoedición. Se muestra muy interesado en Amazon.

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Escribir esta entrada fue una gran experiencia para mí. Me llevó varios días de producción. Tuve que pensar las preguntas, contactar a los escritores y redactar la entrada. Me sirvió para dejar de lado los prejuicios iniciales que tenía con los escritores independientes, ya que aprendí que hay una gran cantidad de trabajo y esfuerzo detrás de un libro. Además, admiro la pasión por la escritura que los alienta a seguir adelante a pesar de las adversidades para poder cumplir su sueño. Gracias a esta entrada, también descubrí que me gusta hacer entrevistas, por lo que más adelante proyecto contactar a otros escritores. Y también a varios traductores para que me cuenten sus experiencias. De forma mensual voy a ir publicando las cinco entrevistas que hice para esta entrada. ¡No se las pierdan!

TE INVITAMOS A VISITAR EL BLOG DE SOLEDAD Y LEER LAS ENTREVISTAS COMPLETAS A CADA UNO DE ESTOS ESCRITORES.

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