Month – marzo 2016

DEL PAPEL AL VINILO: CANTANDO A LOS POETAS

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HUGO

Del papel al vinilo, y más tarde al cd y al dvd, la obra de escritores famosos ha sido frecuentemente abordada por músicos de diferentes estilos. Desde Víctor Heredia y Los Jaivas, hasta Pedro Aznar y Alberto Cortez, realizaron sus versiones de libros y poemas.

Una lejana mañana de la década del ’70, en el secundario al que asistía por entonces, la profesora de Castellano nos conminó a memorizar una poesía de Antonio Machado. Con esa tozudez adolescente, la de no saber de que se trata e igual oponerse, abrí sin ganas el libro de texto, y para mi sorpresa, conocía esa poesía.

El detalle es que a mis 14 años, yo se la atribuía a Joan Manuel Serrat. El poema lo había escuchado, hecho canción, cantada por el catalán en un disco que ya por entonces tenía destino de clásico. Se trataba de “He andado muchos caminos”.

Como en ese caso, hay escritores que han sido mucho más cantados y escuchados que leídos. Nos referiremos solamente a los de habla castellana, y sin ánimo enciclopédico, iluminaremos por un rato ese sector en el que confluyen música y literatura a partir de obras conceptuales de diferentes músicos hispanoamericanos.

MACHADO Y HERNANDEZ POR SERRAT

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Antonio Machado murió en 1939 en el exilio, corrido de España por el dictador Francisco Franco y sus falangistas. De él se ha dicho que “escribía en verso y vivía en poesía”. A 60 años de su muerte, Serrat editó el disco “Dedicado a Antonio Machado, Poeta”, uno de sus trabajos más exitosos y más vendidos.

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Son doce canciones, entre las que se encuentran “Cantares”, “La saeta”, “He andado muchos caminos”, “Las moscas”, “A un olmo seco”, y “En Collioure”, el tema que hace referencia al pueblo francés en el que falleció el poeta andaluz, y el único de autoría de Joan Manuel Serrat en todo el disco.

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El cantautor catalán también abordó la obra de Miguel Hernández, otra víctima de la guerra civil española y, particularmente, del franquismo. En 1972 publicó el disco “Miguel Hernández”, dedicado al poeta nacido en Orihuela (Comunidad Valenciana) en 1910, el que fuera tal vez el escritor más comprometido con la causa de la Segunda República Española.

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La colección de canciones incluyó: “Nanas de la cebolla” (música de Alberto Cortez), “Para la libertad”, “llegó con tres heridas” y “Menos tu vientre”, todos ellos clásicos en la carrera de Serrat.

En la reedición del disco, Serrat comentó respecto a su interés por ambos poetas: “Después del éxito de Machado me tentó la aventura de ponerle música a Hernández. Machado era la lírica pero Hernández era la épica, la trinchera y, además de la identificación política, sentí una profunda simpatía por él”.

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En 2010, el Nano publicó “Hijo de la luz y de la sombra”, un disco de 13 canciones (más un DVD), nuevamente dedicado íntegramente al poeta, esta vez con motivo del centenario de su nacimiento. El poema que da título al cd se encuentra en “Cancionero y romancero de ausencias”, escrito en prisión por Hernández entre 1938 y 1941, y publicado en forma póstuma en Buenos Aires en el año 1958.

NACHA GUEVARA Y SERRAT CANTAN A BENEDETTI

En los ’70, la poesía del uruguayo Mario Benedetti fue uno de lo estandartes de resistencia a las dictaduras que por entonces asolaban el continente. Dentro de la denominada “canción de protesta” se encuadraba Nacha Guevara, quien junto al arreglador y compositor Alberto Favero, dieron vida a la obra conceptual “Nacha canta Benedetti”. Basado en el libro “Canciones de la oficina”, se editó en 1972, y con tiempo tuvo doble versión en vivo. La primera, grabada en México en 1975 (con Nacha y Favero en el exilio, amenazados por la Triple A de López Rega), y una segunda grabada en La Habana en 1985.

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El éxito de los poemas-canciones fue tal que los editores de Benedetti lo convencieron de publicar un libro que contuviera ese material. Así nació y se publicó, en 1988, “Canciones del más acá”.

Entre Benedetti y Favero hubo otros “ciclos de canciones”, como a ellos les gusta decir. En 1993 hicieron un show, con su correlato del disco en vivo, titulado simplemente “Benedetti-Favero”. Allí el uruguayo recita algunos de sus poemas, musicalizados por Favero, una experiencia de la que también participaron los argentinos Adriana Varela, Juan Carlos Baglietto y Jairo.

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Serrat también tuvo su disco sobre Benedetti, aunque en este caso los textos nacieron ya con forma de canción. El álbum, “El sur también existe”, se editó en 1985 con diez temas cuyo objetivo –en palabras del cantautor-, era destacar que “había un Norte y un Sur que marcaban, y todavía marcan, las diferencias entre la opulencia de unos y la dependencia de otros”. Otro detalle: el nombre del disco fue primero, y a partir de ese título Benedetti escribió el poema homónimo, “como una especie de manifiesto y de apelación a la conciencia”.

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LAS MÚSICAS (Y LOS MÚSICOS) QUE RECUERDAN A NERUDA

En la Argentina, en 1974, Víctor Heredia publicó un disco de diez canciones con poemas de Pablo Neruda. Prohibido durante la dictadura militar, hubo una reedición con versiones nuevas de esos mismos temas, editada en 1983, ya en democracia.

Heredia explicó los motivos de la regrabación: “En 1982, antes de la caída de la dictadura, habían roto las matrices del disco “Víctor Heredia canta a Pablo Neruda”; lo volví a grabar, para que no se perdiera una obra que yo consideraba sustancial, por lo menos desde el punto de vista de que homenajeaba a Pablo Neruda, alguien a quien yo había conocido y a quien admiraba desde muy chico”.

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El grupo chileno Los Jaivas publicó “Alturas de Macchu Picchu”, obra basada en una sección del libro “Canto General” de Neruda. El libro fue publicado en 1950, aunque fue escrito durante la década de 1940. El disco se editó en 1981 (con reedición en 2004, y otra en 2011 con motivo de los 30 años de su grabación) y se convirtió en el más popular de su discografía.

Por razones de espacio y de estilo, el poema no fue reproducido en su totalidad en el disco, y el grupo decidió elegir versos y cantos significativos. En octubre de 1981 se presentó en TV un especial con Los Jaivas tocando en vivo en las ruinas incaicas, con presentación de Mario Vargas Llosa. El show fue restaurado en formato DVD, publicado en 2004 en el marco de los homenajes por el centenario del nacimiento de Neruda.

Más tarde, en julio de 2011, el grupo presentó en vivo de forma íntegra la obra desde las ruinas de Macchu Picchu durante las celebraciones por los 100 años del descubrimiento de la ciudadela.

BORGES, LORCA Y ALMAFUERTE,
EN LAS MEJORES DISQUERIAS…

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 Pedro Aznar publicó un disco con poemas de Jorge Luis Borges. Se llamó “Caja de Música”, y se editó en el 2000. Se trató de un disco en vivo, grabado en el Teatro Colón de la Ciudad de Buenos Aires. Contenía 12 canciones y revivía la presentación de Aznar, junto a músicos invitados de la talla de Mercedes Sosa, Rubén Juárez, Lito Vitale y Jairo.

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Alberto Cortez también trabajó sobre los textos de un escritor, y así nació “Versos escogidos de Almafuerte”. El disco de diez canciones, editado en 1989, abordó parte de la obra de Pedro Bonifacio Palacios, docente, poeta y periodista argentino que pasó a la posteridad con el seudónimo de Almafuerte.

En 1998 salió al mercado el disco “Lorquiana”, una obra conceptual en la que la actriz y cantante española Ana Belén interpretaba doce canciones basadas en textos del poeta Federico García Lorca, con arreglos musicales de diferentes artistas: Fito Páez, Joan Manuel Serrat, Leonard Cohen, Víctor Manuel y Pedro Guerra, entre otros. El disco doble se publicó en el año del centenario del nacimiento de Lorca.

En síntesis, algunos de los discos grabados por músicos que ofrecieron sus versiones de algunos clásicos de la literatura. Una forma más de disfrutarlos, y una buena forma de acercar a otro público al sano hábito de la lectura.

Enlaces:

El sur también existe-J.M.Serrat:
https://www.youtube.com/watch?v=GbhZLsbu5ok

Alberto Cortez-Versos escogidos de Almafuerte:
https://www.youtube.com/watch?v=TVV8zgpnX18

Ana Belen-Lorquiana:
https://www.youtube.com/watch?v=agVa3Mo5iho

Nacha Guevara-Benedetti:
https://www.youtube.com/watch?v=G82FhyeDtjY

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La excusa

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dany foto

 

Ando buscando un buen pretexto para que Nefris pueda quedarse en la casa y seguir durmiendo en el rincón derecho del sillón, frente al televisor. Fue hace dos años cuando debí escoger entre un perro y un gato y el segundo me pareció más apropiado. Los gatos son menos cariñosos y más silenciosos, pensé. Así había sido ella en los últimos años, y así entonces fue como Nefris vino a reemplazar a mi mujer.

Cuando nuestro hijo menor se casó, la casa se fue apagando sistemáticamente. Primero fue la música, luego las luces y de a poco nuestras voces. La casa se fue transformando en un santuario y comenzó a impregnársenos el olor a encierro en los cuerpos. Los últimos años sólo nos comunicábamos con gestos, ademanes y algunas interjecciones apenas plausibles en ese nuevo universo que, de a poco, íbamos imponiendo.

Con Nefris fue diferente. Me impuso un nuevo método de comunicación, pero que al menos me permitía usar el mío primitivo. De aquel modo fue como comencé a hablar nuevamente. Su idioma era algo así como un registro musical: un miau significa aprobación, dos miau disgusto, muchos miau con pausa era hambre, un miau con la u alargándose, significaba abrir la puerta para salir a hacer sus necesidades y algunos otros tonos más, con diferentes decibeles, terminaban por conformar su lenguaje radicalmente anodino.

Tardé en encariñarme con Nefris Ya que los últimos años con mi esposa habían sido terribles. Nos pasábamos la mañana en la cocina viendo crecer los días como los yuyos del patio, ella tejía y destejía cosas con forma de ropa que jamás nadie utilizaría, mientras yo arreglaba infinitamente la radio, el televisor y la heladera. Después de almorzar, ella se acostaba (no dormía), ese era el momento en que yo aprovechaba para escaparme al patio a jugar con los rosales, acariciar los jazmines y a veces hasta osaba subir a la terraza para regar las macetas. Por la tarde, cuando la fatiga se ponía más virulenta (mi nuera me decía algo así como que somatizaba para llamar la atención) nos instalábamos en el sillón del comedor –donde ahora duerme Nefris– a mirar televisión y tomar mate. Recuerdo que ella estiraba el brazo y colocaba el mate suspendido de sus dedos, siempre en el mismo sitio, y ahí mismo yo se lo reintegraba. Gracias a ese jueguito no necesitábamos hablarnos ni mirarnos.

Nefris no toma mate, mucho menos cebarlos, por lo tanto debo tomarlos solo. Nefris sabe rotundamente que se encuentra en la casa únicamente para mitigar mi angustia, entonces hace gala de mi evidente complacencia para rasgar las cortinas y las bolsas de residuos, desperdigando yerba mojada por toda la cocina . Cada tanto, cuando me agarra algún ataque de somatización aguda, recurro al ventolín, ya que Nefris no me da ni la hora, apenas si me mira. Algunas tardes desaparece por ahí y lo extraño, pero lo comprendo, tiene sus razones, pero eso no impide que me ponga triste y me lleguen recuerdos de otros tiempos, de la casa viciada de sonidos, de almuerzos ruidosos, de esas ganas de vivir maravillosas y, obviamente, de ella. Pero qué voy a hacer, sólo a mí se me ocurrió empezar a amarla cuando ya era tarde, cuando ella ya se había olvidado de todo aquello. Así fueron aquellos últimos años, de un día para el otro me descubrí convertido en un mobiliario más de la casa, en algo categórico pero insignificante, me transformé en algo para no tener en cuenta. Recuerdo que cuando la escuchaba hablar me intranquilizaba ¡falsa alarma! hablaba con la virgen del Carmen que teníamos en la galería, yo sin embargo prefería hacerlo con las plantas.

Nefris al menos me escucha, sin ir más lejos, ayer, agarré el viejo tocadiscos y le metí en setentiocho a Magaldi. Había que ver al gato, erectó la cola y me incrustó sus íncubos ojos. Me le fui acercando abrazando un contorno imaginario con un brazo y tomando una mano con el otro, le inventé unos firuletes mientras la voz sentimental del tango recitaba “Mis harapos”. El bicho me miró seriamente y me entregó un miau corto y otro largo y entonces advertí que le había gustado, pero que debía salir a mear y le abrí la puerta.

Para ella, primero había sido el hastío despótico de la vejez que desencadenó en cinco larguísimos años de tristezas y desmoronamiento, y luego ese tupido silencio en que había caído la casa. En consecuencia, un sábado de agosto, un sábado ligeramente lluvioso, con la excusa exigua de una falla cardíaca, me abandonó. Debe ser por eso que a Nefris siempre le meto una aspirina en el bofe.

Hoy cumplo años (no recuerdo bien cuántos) yo digo que son ochentiuno, sin embargo el año pasado mis hijos me dijeron que eran ochenticuatro, digamos que ellos deben tener razón, se manejan mejor con los números.

Este año será diferente, pienso. Lo miro a Nefris saltar del ropero a la cómoda sin tirar nada. Este año cae domingo y con el pretexto de que mañana se levantaran temprano, ni siquiera se quitarán el abrigo. Ahora Nefris salta a la cama y camina por la mesita de luz esquivando los relojes y los portarretratos. Llegarán, me entregarán los calzoncillos y los pares de medias que ni ellos se habrán tomado el trabajo de comprar y envolver, y yo los guardaré en el mismo sitio donde guardo los de los últimos siete años. Por qué creerán que necesito tantos, si yo sólo uso dos. Miro a Nefris que insiste en sus proezas empeñado en revelar mi herrumbroso estado atlético y continúa brincando por diferentes muebles. Mis nueras merodearán por la casa, hablarán entre sí, cortarán algunas rosas para dejarlas morir en el florero. Mis hijos, sin saber de que hablarme, me preguntarán por el gato –no sé, debe andar por ahí– les diré.  Mirarán el techo, las paredes. Les preguntaré si quieren tomar algo, –no, dejá, ya nos vamos, mañana es lunes y tenemos que levantarnos temprano–. Igualmente no había nada en la heladera. Eso sí era gracioso. Se marcharán todos juntos en el coche de Carlos. –Che, está bien el viejo, eh – dirá José.

Nefris se me vino encima con su resignado ronroneo, me pasó su lomo por la pierna y se quedó petrificado observándome con una ternura no muy generosa pero apropiada para el acontecimiento. Después me dedicó algunos miau en clara muestra de reconocimiento, tantos miau como años cumplía. Para que deje de festejarme le alcancé la lata de atún que estaba comiendo, la devoró y se marchó mucho más feliz a dormir al rincón derecho del sillón. Lo miré y pensé que ya estaba grande y que debía tener algunos amoríos por ahí. Caminé lentamente hasta el televisor que ya no funcionaba desde hacía casi un año y medio. Lo encendí igual pero no hubo caso, lo apagué y tomé el retrato que sufría la indiferencia del plumero desde mucho tiempo, quizás desde que el televisor no funcionaba. Lo devolví enseguida a su lugar. No quería llorar en mi cumpleaños, entonces miré al gato y supe que debía buscar pronto una excusa.

 

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Museos de escritores

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grieta

Web de Nathalia
Blog de Nathalia

Signature --- Image by © Royalty-Free/CorbisCuando era chica, mi viejo me mandaba cartas seguido. Siempre decía que escribía frente a una ventana. Y yo, que nunca había ido a San Martín de los Andes, me imaginaba una ventana redondeada en el segundo piso de alguna cabaña andina en medio de la nada, con la luz de la luna iluminándole la cara a mi papá mientras escribía de noche, con apenas la luz amarillenta de un velador para no despertar a nadie. Imaginaba las montañas a lo lejos, altas y puntiagudas; de fondo había ruido a cascadas y ríos; también árboles gigantes, mucho bosque por todos lados —como él siempre dibujaba en sus cartas. Un monigote de palitos con rulos que era él, varios árboles, una casita de techo a dos aguas y montañas triangulares—.

  Yo lo imaginaba así, pero el asunto posiblemente tuviera menos mística y poesía. Seguramente mi viejo escribía en pijama cuando se levantaba, todavía medio dormido y para sacarse el asunto de encima.

Pero esa no ha sido la única oportunidad en la que me he preguntado sobre la vida de los escritores y su entorno.

¿Qué pensaba Agatha Christie antes de irse a dormir? ¿Qué maravilloso paisaje asomaba tras las ventanas del hogar de Hemingway? ¿Escribiría Poe a oscuras? ¿Qué inspiraba a Neruda? ¿Sería la vida de Jane Austen similar a la de sus personajes?
Creo que todos los lectores en algún momento nos hemos preguntado sobre la vida de nuestros autores preferidos, sus vicios y costumbres. Por eso, cuándo me presentaron esta oportunidad de escribir una nota para la sección cultural de la página de Ediciones De La Grieta, velozmente me vino a la mente la idea de combinar dos de mis grandes pasiones. Por un lado, los museos, y por el otro, la literatura.

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Son muchas las personas que dejan una huella en la historia, con sus aportes o sus errores, cada uno a su manera. Y a varios de estos personajes los recordamos al convertir sus casas en museos, sitios que el público puede visitar, inmiscuyéndose en la privacidad de un hombre o mujer que admiramos.

Las casas museos tienen sus pros y sus contras, como cualquier otro sitio histórico. Quizás, el mayor problema es que no están preparadas para ser recorridas turísticamente. Después de todo, se trata de la vivienda de una persona con su cocina, su baño y su cama. Es difícil adaptar el espacio para añadir las necesidades institucionales (baños públicos, administración, depósito, etc) y debe limitarse el número de personas que puede ingresar en simultaneo, ya que muchas de estas casas son antiguas y su infraestructura no soportaría las idas y venidas de una gran multitud recorriendo los pasillos a diario.

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Estos son museos que muchas veces no quedan en la zona turística o que no llevan carteles de colores cubriéndoles la fachada. Son casas, como cualquier otra, con alguna placa o señalización que avisa a los transeúntes que allí vivió alguna persona importante y que pueden pasar a visitar. Suelen pasar desapercibidos para quien no está buscando el lugar.

Hay museos de escritores que se encuentran en medio del campo o en callejones de areas urbanas que en los últimos años se han tornado peligrosas y muy pocos locales se atreven a transitar. Su ubicación rara vez es conveniente para el turista.

Las casas museo no suelen tener exposiciones rotativas de artistas contemporáneos cada quince días; de hecho, son instituciones bastante estáticas. Y todo esto hace que la gente se olvide de ellos.

¿Cuántas personas han visitado varias veces el MALBA en Buenos Aires, pero no conocen el Museo Mitre, la casa de Carlos Gardel, el museo de Eva Perón, el Larreta o la casa de Borges?

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Cuando comencé a investigar el tema, me sorprendí al encontrarme con casas museos de las que nunca había oído hablar.

También me sorprendí ante la gran variedad de infraestructuras con las que me encontré. Los museos iban de habitaciones en un edificio a grandes mansiones junto al rio.

Cada una de estas construcciones refleja a su dueño al mismo tiempo que los textos de cada escritor se reflejan en las habitaciones.

Al pisar una casa museo, el visitante se transforma por un rato en el personaje. Camina sobre el mismo piso, atraviesa los mismos pasillos y a veces hasta puede sentarse en la misma mesa. Cada escritor ha tenido una relación íntima con su hogar, con el sitio en el que encontraba inspiración.

Hay incluso escritores que han hecho referencia a sus hogares, como es el caso de Mark Twain que alguna vez dijo, “Para nosotros nuestra casa tiene un corazón, un alma y ojos para vernos con aprobación, solicitudes y profunda empatía; es uno de nosotros y nosotros estamos en su confianza y vivimos en su gracia y la paz de su bendición.” (Cita oficial de la página del museo)

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Lamentablemente, los museos de escritores son de los menos visitados, quizás por su condición estática, por su ubicación geográfica o tal vez porque a muchos no les interesa ver un inodoro sin importar qué escritor lo haya usado.

Es cierto que esto tiene mucho que ver con el cambio radical que ha atravesado el público de museo en las últimas décadas. En la actualidad, la mayor parte de los visitantes recorren las exposiciones como si estuvieran viendo vidrieras en un shopping. Entonces, al no encontrar nada llamativo en una casa vieja, simplemente se marchan sin siquiera intentar descubrir la magia que se esconde en cada rincón.

Sin embargo, al visitar uno de estos museos, es un buen ejercicio el cerrar los ojos y olvidar vitrinas y cordones que prohíben el paso, alejándose de la visita guiada y los flashes de las cámaras de fotos. Cerrar los ojos y visualizar al personaje en su vida cotidiana, en sus momentos de inspiración y de frustración; descubriendo así un estilo de vida que se refleja en la obra del autor.

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Hace unos años tuve la suerte de visitar una de las casas de Neruda en Chile, en Santiago. La casa es un laberinto que en vez de transmitir estrés, transmite calma. Desde los colores escogidos por el autor hasta el mobiliario nos llevan a relajarnos y olvidarnos de todo lo que ocurre afuera. Quedan atrás los bocinazos, la ciudad, las preocupaciones y cualquier otra molestia; y por un rato, nos sentimos refugiados en una especie de pequeño paraíso, en un oasis que si bien no está en la costa, tiene aire a mar.

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Además, preparando esta nota, entré a las webs de cada museo, miré las fotos y videos. Recorrí lo mejor que pude las habitaciones y aprendí muchísimo.

Cuando uno observa, por ejemplo, la finca La Vigía, hogar de Hemingway en Cuba, queda clara su inspiración para El viejo y el mar. O cuando se ven fotos de la casa de Poe en Virginia se transmite velozmente la frialdad y la oscuridad de la casona de piedra con escasas ventanas que dan sensación de encierro constante.

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Existen alrededor del mundo muchísimos museos en los hogares de grandes escritores que vale la pena visitar.

Algunos son motivo de opiniones diversas, como es el caso del museo de Shakespeare en el que dicen que el dramaturgo pasó su infancia, algo que nadie puede demostrar ya que aún está en duda la existencia misma de Shakespeare —este es un tema que da para mucho debate—.

En otros casos el personaje se comió al autor, como es el caso del museo de Sherlock Holmes en Baker Street  (Londres) en el que quedan olvidadas las demás obras del autor que no tiene un museo propio.

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Para cerrar, les dejo algunas fotos de casas de escritores que han sido convertidas en museos.

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Ediciones De La Grieta en el IV Encuentro Binacional de Escritores

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Entre el 18 y el 20 de marzo se realizó el cuarto Encuentro Binacional de Escritores en la República de Chile. Ediciones De La Grieta estuvo presente a través de su editor, Daniel Tórtora y de varios escritores de la editorial: Rafael Urretabizkaya, Cristina Venturini, Anamaría Mayol y Marcelo Gobbo, Sub Secretario de Cultura de San Martín de los Andes.

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Con una imponente cordialidad y una organización excelente, La Asociación “Coirón” llevó adelante estos tres días increíbles. El viernes en Temuco, en sábado en una finca en Vilcún y el domingo en Puerto Saavedra tuvieron a la poesía como eje de encuentro entre dos pueblos que tienen en el ámbito de las letras una hermandad sempiterna.

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Las lecturas de los escritores comenzaron el viernes por la mañana y finalizaron el domingo por la tarde. La presencia de poesía mapuche fue el símbolo de la integración de los pueblos.

 

 

 

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Malas lenguas

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maria martha

Estaba decidido a borrarme de su vida al igual que lo había hecho con nuestro padre. Atrás quedó nuestra infancia entre caballos y vacas. Se había ido a estudiar a la ciudad y allí se había quedado. Había conseguido esposa y trabajo en el Banco Ciudad. No le gustaba, pero el orgullo pudo más. No recibiría dinero de mi padre. Los números otra vez decidieron por él. Ellos nunca se equivocaban, eran exactos. “1 + 1 siempre son dos”, repetía convencido. Se había ido buscando dinero y había vuelto siguiéndolo.

Todo había empezado con un simple “Me quedo” recibido con aplausos por la familia. Había venido a visitarme a la chacra para Navidad. Se entusiasmó, soñó y se quedó. “Año nuevo, vida nueva”, creyó iluso. Después, vinieron la mudanza, el trabajo nuevo, vida nueva. Parecía que con sólo mirar por la ventana y respirar paisaje bastaba para alejarse de los mostradores de la ciudad. La sensación de hormiga finalmente acabaría. ¿Bastaba realmente? Quizás durante los primeros meses sirvieron de desintoxicación. Después, los vicios de la ciudad comenzaron a aflorar.

Junto con Juan, mi marido, armó una empresa para administrar campos que duró unos pocos meses. Él puso algo de dinero que le prestó su suegra. Mi esposo: el trabajo, las herramientas y su firma en cuanto papel había. “Los negocios en familia siempre fallan”, había augurado un amigo. La sociedad finalmente se disolvió y nuestra relación, también. Y ahí estábamos discutiendo si treinta o treinta y cinco, si el cinco o el diez de cada mes, como chimangos tironeando un cacho de liebre calentita recién aplastada por un auto.

Había pasado el día pactado. Los llamados reclamando el pago se repetían cada mañana desde hacía cinco días. La suma era exagerada y todavía restaban diez cuotas. El negocio iba bastante bien y juntar la plata todos los meses no era tan difícil si limitábamos las salidas y comíamos fideos cuatro veces por semana. El dinero no era el problema. Eran sus gestos, esa sonrisa ladeada y el dedo índice, firme, húmedo pasando los billetes lentamente. No lograba conectar a aquel usurero con el niño de dos años que saltaba de mi mano los charcos y la bosta yendo ocho veces del uno al tres para que él aprendiera a contar. “Uno, dos y…” recitaba la niña cuatro años mayor, a lo que él entre risas y mocos respondía “TRES”. ¿Cómo había saltado ese hombre del tres a los diez miles? ¿En qué momento un inocente se había convertido en aquel experto contador de billetes?

Llegó a la chacra antes de lo esperado. Entró en el escritorio rodeado de un halo de silencio y oscuridad.  Pasó y se instaló en uno de los sillones. Le entregué el sobre abultado con el dinero como todos los meses. Lo abrió, sacó los fajos y buscó la almohadilla ennegrecida para humedecer su dedo. Comenzó la cuenta. De a uno los billetes se sucedían con su índice rígido.

Al terminar con el primer atado, lo acomodó en el bolsillo interno de su campera. Aproveché aquel instante para ordenar frascos y papeles del escritorio sin uso. Él decidió seguir con el segundo fajo. Buscó nuevamente la almohadilla sucia pero no la encontró. Examinó distintos lugares del escritorio abriendo cajones bruscamente como si él todavía perteneciera a ese lugar. Finalmente, malhumorado se resignó a salivar su dedo con la lengua y continuó la cuenta. Como parte de la ceremonia, los fajos ya revisados se iban amoldando a las distintas partes de sus ropas. Entre fajo y fajo, su mirada extrañada buscaba la almohadilla y su boca y su dedo se humedecían y secaban según avanzaba el recuento. Su respiración ansiosa se abría paso con dificultad a través de los labios resecos. “Las cenizas,” aclaró.

Para concluir, sacó un talonario de recibos, escribió la suma pagada y firmó conforme. Se retiró alegre con los bolsillos llenos y la punta de uno de sus dedos negra.

A los pocos días, escuché el rumor en el pueblo. Hablaban del hombre del dedo sucio y bolsillos pesados que había caído muerto cerca de la ruta. “Un gran temblor lo sacudió y su cabeza cayó hacia atrás. El rostro perdió todo color, toda apariencia de vida. Estaba muerto”, contaba Malaquías, el carpintero. Me controlé pensando: “¡Oh, Señor, fulminad mi lengua porque estoy por decir cosas poco convenientes!” Para no pecar con mi lengua, puse una mordaza en mi boca, me humillé enmudeciendo, me abstuve de hablar hasta de las cosas honestas durante meses.

Sólo recuerdo que las emociones del primer instante fueron indecibles, porque ni mi lengua ni mi mente habían sido educadas para nombrar aquel tipo de sensaciones. Y así fue hasta que acudieron en mi ayuda otras palabras interiores, oídas en otro momento y en otros sitios, y dichas, sin duda, con otros fines, pero que me parecieron prodigiosamente adecuadas para describir el gozo que estaba sintiendo, como si hubiesen nacido con la única misión de expresarlo.

Volví a casa, me solté el pelo y me saqué los zapatos y el reloj. Me serví una copa de vino y mojé mis labios en el tinto. Me los relamí. Apoyé la copa en la mesa ratona. Acomodé las cenizas del hogar hacia un lado y avivé el fuego.  En el sillón de enfrente, me acosté con un libro en las manos. Lo hojeé hasta llegar a la página señalada: “Después rogó a Severino que abriese la boca del cadáver y observara la lengua. Intrigado, Severino cogió una espátula fina, uno de los instrumentos de su arte médica, e hizo lo que le pedían. Lanzó un grito de estupor: ¡La lengua está negra!”

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