Caperú

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Apenas me levanté de la cama, el piso no me pareció tan frío como todos los días. Igual me quedé con las medias puestas. Me puse el pantalón, las botas, el pañuelo y el buzo rojo de capucha. Mamá me alcanzó la bolsa ecológica para ir al supermercado y me dio la listita de las cosas que necesitaba la abuela. Lo de siempre: pan, harina, fideos…

Salí de casa. Había mucho humo. Con el pañuelo me tapé la boca y la nariz. Lloviznaba. Me puse la capucha y empecé a caminar por donde siempre lo hacía. La calle estaba cortada. Doblé a la derecha. Un hombre verde me dijo que el supermercado estaba cerrado y me pidió que lo siguiera. Era muy amable. ¿Cómo negarse? Me indicó el camino para volver a casa lo antes posible. Quise explicarle que iba a visitar a mi abuela que estaba en cama. Me estaba esperando con hambre seguramente. El hombre no me escuchó. Sería por el casco. Seguro andaba en moto.

Caminé varias cuadras en distintas direcciones. Pasé por un almacén y compré el pan, la harina y los fideos. Estaban más caros que en el supermercado, pero el dueño estaba feliz de que por fin alguien entrara a su negocio casi siempre vacío. Sería por los precios. Nunca tenía ofertas. O quizás la gente no lo veía por el humo. La iluminación no era buena.

Seguí mi camino. Llegué a casa de la abuela después de muchas vueltas. Abrí la puerta. Dejé la bolsa sobre la mesa. La vacié. El televisor contaba noticias. Llamé a la abuela. No contestó. Dije “Abu” más fuerte esta vez. Tampoco contestó. El televisor seguía hablando. Con un poco de miedo, abrí la puerta y la vi.

Los ojos más grandes. Las orejas también. Los dientes, inmensos, se escapaban de su boca amplia. Las manos abiertas. En el piso, el celular con un mensaje de mamá: “La nieta hace las compras y va”. El televisor mostraba hombres verdes como tortugas ninjas pegando a encapuchados en un supermercado. Una niña tenía capucha roja y pañuelo verde. Se parecía mucho a mí. Mi abuela estaba muerta.

María Martha Paz

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