En Ancud con Rosabetty Muñoz

Share Button

Por María Cristina Venturini

Chiloé nos llama en la voz de Rosabetty. Un entusiasmo nuevo por ver y escuchar a esa maestra que desde su rincón en la isla revela verdades ocultas, rituales comunes y discursos de un mundo silenciado por las tradiciones y la gris aceptación de lo cruel como normal. Su voz tiene la calidez y el peso de una manta, es abrigo y látigo, canto de sanadora lucidez. Con ademanes suaves y una sonrisa diáfana, leyó ante una audiencia anonadada dentro de El Gran Pez, la librería de su amigo Ricardo Tamayo, y nos llevó a su mundo, a sus preocupaciones y nostalgias.

Al día siguiente en su casa nos esperaban el ponche y un estudio y una biblioteca como para quedarse a vivir, como ella, en la poesía, allí al borde de un acantilado poblado de ulmos y avellanos. También estaba Ligia, su amiga, quien nos contó la historia de su vida en el exilio en Italia, su infancia y los primeros relatos en la escuela y en la casa. Para ella fueron los versos de Rosabetty en una primicia que leyó ante nosotras junto a Ricardo, su esposa y el anfitrión, compañero de la poeta durante 35 años. La charla tuvo risas y llantos, poesía, política, luchas e ideales en torno de la mesa, mientras el sol caía y en la cocina se iba poniendo a punto una cazuela con los frutos del mar de la isla.

De vuelta en San Martín de los Andes, leo los textos que la poeta nos dio: Apnea, “una inmersión en picada hacia el daño para traer a flote las expresiones asidas como peces oscuros.” Porque como dice el texto, “Eso que parece silencio está habitado por el barullo de lo oculto”.

En Este oscuro mar, las voces de las personas silenciadas toman cuerpo para sacudir el polvo de ese entierro. “vino a hacer otra guagua y se fue” “me obligaron, fue a la fuerza” “Llegaba la visita y era sorpresa” “tu hija se lo merecía” “mamá, por qué no me hiciste hombre” “yo todavía estoy penando aquí, yo soy un barro nomás aquí”. Todas las voces de Este oscuro mar fueron recogidas durante el proyecto de investigación llamado “Voces de mujeres chilotas, develando lo tabú”, realizado por Rosabetty Muñoz y Sonia Muñoz en 2017. Esto trajimos para leer, para aprender a abrir los ojos y los oídos, para recuperar lo que sucede, lo que sigue en el aire y enterrado en ese oscuro mar.

Conocí a Rosabetty en el año 2006 en Bariloche durante un encuentro poético inolvidable organizado por el grupo El diente en el ojo. Tres días de poesía de la Patagonia en el antiguo hotel donde hoy funciona la Escuela de Hotelería y Gastronomía y donde la gran anfitriona fue la poesía. Ella trajo ovejas cabizbajas, descarriadas o no, en procesión de cuerpos por una realidad de dudosa calaña. Su decir, su aguda sutileza me cautivaron de inmediato. En 2017 en Bariloche pude saludarla y leer su libro, esta vez junto a Elicura Chihuailaf en el salón municipal de Bariloche, donde escuché a una docente comprometida con la juventud, con el hacer y el difundir todo lo poderoso que la poesía tiene para entregar. En marzo de este año en Chiloé estuvimos con ella en la librería El Gran Pez y en su casa, donde compartimos lecturas, charla y emociones mientras caía la tarde sobre el mar y las palabras cobraban la fuerza de la necesidad. Una necesidad de decirnos, reconocernos, acercarnos desde el nivel del alma para seguir creyendo en la utopía, en la posible luz de un cambio verdadero que trascienda las irreverencias de este tiempo tan crudo.

Acerca de En Nombre de Ninguna, de Ediciones Kultruún, 2017.

Cuando Rosabetty dice “nombre” se refiere a mujeres, rosas de carne y hueso en multitud de voces silenciadas. Se refiere a resabios de tanta sociedad envilecida por sus propias miserias. En Nombre de Ninguna recupera pedazos de cuerpos enterrados durante repetidas generaciones.

El libro comienza con la imagen de la niña que juega:

Esta, la de la foto, es la misma que jugaba con su muñeca todo el día y en la noche la arropaba para que no sienta frío ni miedo. Se resistió a tirarla cuando perdió un ojo. Siguió negándose cuando cayó sobre la estufa y se quemó el brazo de goma. Y cuando se le apelmazó el pelo. Y cuando quedó con una sola pierna.

Es la misma. Sin señales de pena, posa con los restos del recién nacido sobre los trapos con los que limpió el piso.

En una entrevista publicada por Germán Gautier en La Fuente en julio de 2015 Rosabetty sostiene que lo que le interesa es la cultura viva. Lo que sigue vivo en la palabra sale a la luz en estos versos. Se visibiliza el abuso, el incesto, el dolor contenido, la ignominia, la infancia avasallada, la carencia de vínculos, las pérdidas, las lágrimas tapadas por el polvo del tiempo, el mundo detrás de una ventana oscura, las náuseas, lo podrido, ¿abono de otro amanecer? Hay miedo de morir mientras lo muerto clama debajo del ciruelo. Fingir normalidad mientras se gesta un hijo no deseado. Indiferencia y ocultamiento en los arcones de las casas. Una monja borda mientras la abuela teje con agujas amenazantes. Basura en los caminos. Vísceras atrapadas en oscuras bolsas. Vientres vacíos y vientres hinchados. Festín de los perros y madres sabedoras de secretos. Una mochila gotea sobre los libros. Sin ternura ni adiós, la lengua tiesa. La mezquindad del mundo en las ojeras y el sueño del amor hecho pedazos. La resurrección bajo el ciruelo espera en falanges ajenas. La tierra es un útero rasgado donde se deposita lo que se desecha, hasta los mismos nombres.

Sin embargo, como dice Juan Gelman:

La memoria no se quiere apagar/

lo sabe

el animal dolor/razón

del gran silencio/sombra…

Aquí Rosabetty recupera el recuerdo, lo trae a la luz, lo manifiesta, busca entre los nombres a Ninguna.

Share Button

Comentarios

Comentarios