PARÁLISIS DE SUEÑO

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La sensación de muerte inminente, imparable, incontrolable, es algo tan aterrador que deja fácilmente paralizado hasta al más valiente de los inmorales.

—Lo sé, —me dijo Emilio, con su acostumbrada voz de tenor retirado, una noche en que coincidimos en el mismo bar—, créame. Lo sé porque lo he vivido. Hace muchos años que le temo a la muerte. Pero no a cualquier tipo de muerte. A la maldita traidora que viene cuando estás en tu estado más vulnerable. Cuando dormís, como un simple, agotado y dolorido mortal. Como si el ajetreo diario no fuera suficiente peso. Como si pudiéramos además soportar que la muerte ronde nuestros sueños. Y es que, fijese, —me dijo señalándome ahora con el vaso de ginebra goteando entre los dedos—, uno se acuesta cada noche, o cada día, primero saboreando la dulce suavidad de las telas que lo envuelven. Luego percibe el delicado aroma a suavizante y a sol. Más tarde, el consciente sonríe sintiendo el calor, el arrope de las mantas. Uno mueve los pies de arriba abajo. Mueve la cara, rozando el algodón con las mejillas. Inspira profundo, acompasando la respiración con los propios latidos. ¿Me sigue? Y se duerme. Lenta caída libre. Un abismo. Un pozo profundo en el que se hunde liberando cada musculo. Relajándose. Fundiéndose en la oscuridad y en el silencio. No me malinterprete, dice de repente, cambiando de tono, elevando la voz en una exclamación innecesaria. Es una sensación increíble la de dormirse en el propio hogar. Sobre todo en invierno, cuando el calor del interior contrasta con la escarcha helada. Se empañan las ventanas. Todo es silencio y levedad. Pero entonces, —dice repitiendo la severa exclamación—, cuando cree estar soñando las historias perversas aunque inofensivas de su propio inconsciente, de repente se encuentra usted despierto, alerta, percibiendo movimiento, ruidos ajenos a la realidad. Desde luego, como es lógico, intenta moverse, pero su cuerpo no responde. No cambia de posición. Pensará que sigue dormido, soñando. Pensará que aún no ha terminado de despertar. Y se equivoca, ¿me oye? —Ahora Emilio se acerca más a mí, me habla casi escupiéndome las palabras en la cara, todavía con el vaso de ginebra goteando en la mano—. Se equivoca. Su mente ha despertado, aunque su cuerpo no la haya acompañado en ese viaje a la realidad. Usted se encuentra en una posición en la que solo cuenta con su mente, con sus funciones sensitivas, disociadas de las motoras. Entonces agudiza el oído para intentar reconocer los extraños sonidos que resuenan lejanos en otro ambiente del hogar, en el comedor por ejemplo, en la cocina, que no son reales. O  al menos no deberían serlo. Retumbar de pasos. Ecos de voces. Charlas ajenas. La desesperación empieza a invadirle. Desde los inútiles pies. Escalando el inútil cuerpo hasta asfixiarlo. ¿Quiénes son? ¿Qué hacen en mi casa? ¿Por qué no puedo levantarme? ¡Quiero que se vayan!, —exclama Emilio entre abruptos accesos de tos, moviendo la mano libre, elevada al techo en gesto exasperado. Se calma un momento y sigue hablando—. Usted intenta con todas sus fuerzas contraer aunque sea el más pequeño de sus músculos. Esfuerzo que resulta infructífero y por demás agotador. La desesperación deja espacio a la frustración, y esta, a su vez, a la resignación. —Emilio baja la cabeza, apoya el vaso en la barra y apoya también el codo. Cambia de nuevo el tono de voz, ahora muy bajo, casi un susurro—. Acepta usted que no hay nada que pueda hacer para despertar realmente de esa pesadilla tan vívida, tan aterradora. Ha intentado todo lo que se le ha ocurrido en una situación tan inverosímil como esa. Todo salvo volver a dormirse. Porque quizá, si su mente retornara al estado onírico del que despertó separada de su cuerpo, puedan volver a unirse en el mundo de los sueños. Cierra entonces los ojos imaginarios, que no veían más que ilusiones. Lo siguiente es despertar, —dice ahora erguido y altivo—. Como por arte de magia vuelve a estar completo, vuelve a sentirse entero. Se siente, eso sí, gravemente entumecido. Pesado. Embotado. Pero está completo, funcional, y eso es todo lo que importa. Lo que resta es comprobar que las alucinaciones auditivas hayan sido solo eso, meras alucinaciones. —Emilio hace una pausa dramática de varios minutos y casi pienso que la conversación ha terminado. Pero no. Me mira con sus ojos oscuros humedecidos por el alcohol y la noche, y sigue—. Ahora es el pánico quien alerta sobre los peligros de volverse a dormir, y quizá, no poder volver a despertar completo jamás. Algunos llaman a este fenómeno “parálisis de sueño”, pero yo, señor mío, creo que son breves advertencias de la próxima vida, acercándose.

 

Por Natalia Amendolaro

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