Dang Dai

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La edición número 18 de Dang Dai, la primera revista de intercambio cultural Argentina-China, ya está en Librería La Grieta, en San Martín de los Andes.

“El rumbo a seguir”, es el título de tapa de esta edición donde encontrarán notas acerca de: apertura de un centro mixto de investigación entre el Conicet y la Universidad de Shanghai, la educación de los argentinos de origen chino, Mempo Giardinelli y la literatura oriental, un instituto binacional de ciencias sociales, el cine de artes marciales, budas de facciones occidentales, el fútbol como otro puente con fuerte potencial de intercambio entre Argentina y China, teatro de fusión en Chile, cocina china: la creatividad como síntesis, entre otros temas.

Con dos ensayos fotográficos, uno de Florencia Levy y otro de Henry von Wartenberg de un día histórico: la devolución (en 1997) de la soberanía de Hong Kong a la República Popular de China, por parte de Gran Bretaña.

Esperamos disfruten de su lectura como nosotros de realizarla, cualquier sugerencia o consulta pueden comunicarse con nosotros a:

contacto@dangdai.com.ar

Facebook.com/revistadangdai

Gracias por leernos.

Equipo de Dang Dai

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Híper

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Cuando Lucía entraba en su trabajo, empezaba a hablar y no paraba. Pero no siempre había sido una gran oradora: en cuarto grado se negó a leer unas palabras en el acto de la bandera y en sexto a despedir a de séptimo y eso que conocía a tres compañeros.

Tampoco hablaba demás cuando a los dieciséis empezó a trabajar en el quiosco de la esquina. Sólo agradecía con una sonrisa mientras entregaba a sus clientes alfajores y cigarrillos.

Después, llegaron un marido y dos hijos. Cambió clientes por familia. Cuando el hijo menor entró en Primaria, volvió a trabajar. Esta vez, en una biblioteca. Ahí, empezó a hablar.

Quizás no hubo razón alguna o si la hubo, nunca la supo. Pero un día, Lucía empezó a hablar infinitamente, sin pausa. Cuando se convirtió en charlatana, Lucía tenía el pelo largo, castaño y ondulado. Ojos chiquitos, opacos y unos kilos de más.

Aquel primer día en que se animó, habló de su vecina. Habló frenéticamente como nunca había hablado en cuarenta años. La vecina tenía dos gatos_ contó. Nunca limpiaba y dormía hasta las dos de la tarde. Fumaba hasta que el humo salía por las hendijas de las ventanas y estaba siempre en pijama. A medida que avanzaba en la crítica, el corazón de Lucía se aceleraba, sus ojos se encandilaban y la garganta le picaba. Alguien parecía estrujarle las entrañas para que no contara nada más y le agarraba diarrea. Entonces paraba. Aquel día, perdió tres kilos de historia ajena.

Gladys, su compañera de trabajo, nunca alejó los ojos de Lucía. Se dio vuelta y contó lo sucedido a Irene. Le contó cómo Lucía había adelgazado tres kilos. De la historia de la vecina, nada. Irene le contó a Guada y Guada a Marcela y Marcela…

Después, Lucía volvió a casa. Saludó a su marido y sus hijos. Cocinó, creyó amar y durmió.

Al día siguiente, Lucía en la biblioteca habló escandalosamente de su hermana. Apenas comenzó la historia, Gladys, Irene, Guada, Marcela y más se acomodaron con almohadones en el piso observando cada milímetro de Lucía ahora más delgada. La hermana_ contó Lucía_  tenía cinco hijos y no pensaba parar. Era profesora pero no trabajaba. También con tantos hijos y embarazos, ¿quién querría trabajar? Su marido cruel era mucho mayor que ella. Cuando contó que los dos inefables habían abandonado a sus respectivas parejas por aquel amor desparejo, las entrañas gritaban: “¡Basta!”, la garganta le raspaba y su corazón corría una maratón; pero ella no entendía las señales. De pronto, todos los socios de la biblio la estaban mirando. Sí, mirando. No escuchando. Pero ella no los vio enceguecida por su chisme irritante y una luz que creía ver entrar por alguna ventana. No percibió cómo sus ejecuciones justificaban los arrebatos del público y siguió. Los pómulos se aplastaron hasta que los huesos remplazaron las mejillas. Los ojos desorbitados intentaron salir de sus huecos, pero no lo lograron. Los brazos antes regordetes bailaban ahora en una camisa floreada gigante. Los anillos cayeron de sus dedos y el reloj bailaba hasta la axila. El pantalón antes ajustado intentó caer al piso, pero Lucía alcanzó a sostenerlo con una mano. En el estómago, mariposas y chimentos revoloteaban como si alguien desde adentro lo moldeara a su antojo cual arcilla. Esta vez había bajado ocho kilos trescientos. Mientras, más gente se acercaba a ver aquellos efectos especiales que atravesaban a aquella extraña contadora de historias que poco importaban.

Al llegar a casa, Lucía esbozó una sonrisa cuando su hijo la vio más delgada y, sin palabras, intentó dormir.

Al tercer día, Lucía llegó a la biblioteca y habló de su suegra. Aquella era una historia turgente. El público se había acomodado en primera fila para escuchar. Ya hacía años que nadie aplaudía en aquel lugar de perfecto equilibrio acústico. El personaje principal: una morocha de anteojos, bajita y gesto enjuto que había nacido en una casa con piso de tierra en Tucumán_ contó Lucía. Ahora, la bruja tenía un piso en Belgrano en el que andaba en patines sobre el parquét. Tenía dos border-collies y usaba Cardón. Cuando Lucía contó que su suegra había abandonado a su marido con nueve hijos, se puso los anteojos negros y agarró un bastón blanco porque ya no veía nada. En su garganta corría arena. Sus pulsaciones llegaron a doscientos cuatro por minuto mientras las manos temblaban y sudaban litros de agua que chorreaban hacia una canaleta que desembocaba en la calle que pronto se inundó. En el primer sacudón, el bastón decapitó al primero de la fila. Los siguientes tremores crearon olas que pronto alejaron la cabeza sin cuerpo y  marearon a todos. Los ojos de Lucía, resplandecientes, por fin salieron de sus órbitas empujando los anteojos con una fuerza tan brutal que se estrellaron contra el techo. Los globos se liberaron finalmente de la presión de los músculos que habían intentado sostenerlos y formaron un pequeño sistema solar propio de apenas dos planetas. El estómago también hacía su espectáculo. Se hundía y se expandía. Los chinchulines se retorcían cual cadena de ADN y con cada apretujón, Lucía se doblaba en dos y se cagaba. Su pequeño ser flotaba en una blusa salmón y unos pantalones blancos que parecían tener vida propia. Lucía, cada vez más chiquita. Cada vez, más menos.

Lucía había perdido veintiocho kilos seiscientos. Ya nadie escuchaba las historias. Bien podrían haberse tratado sobre un perro en Júpiter o un astronauta. Sin embargo, ver cómo cada palabra iba achicando a la narradora, cómo cada centímetro de su cuerpo se iba reduciendo hasta la más mínima expresión era el mejor cuento de terror que alguien podía imaginar. Sólo faltaba el final.

El jueves ocho, en una biblioteca colmada, miles de rostros rubicundos y deseo latente esperaban el comienzo del show. Los hijos y el marido también estaban ahí. Desconocían a quién verían. Pero aquella tarde, Lucía no llegó y si llegó, nadie la vio. Cuentan que había desaparecido hacía rato.

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Encuentro LEE: Ponerle el cuerpo a la palabra

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Este fin de semana pasado tuvo lugar en Villa La Angostura el segundo encuentro LEE (Lectores, Escritores y Editores), un espacio que fue creado con dos fines originales: visibilizar los proyectos editoriales regionales y acercar a los escritores de la zona a los pibes del colegio secundario.

Promovido por el grupo literario “Alamberse!”, organizado por la Biblioteca Popular “Osvaldo Bayer” y con el auspicio de la Subsecretaría de Cultura, el LEE convocó este año a   6 proyectos editoriales de la región: la “Editora Municipal Bariloche”, “Ediciones Patagonia Escrita” y “Ediciones Desmesura” (de Bariloche); “Ediciones De La Grieta” (de San Martín de los Andes); “Ediciones Del Mañana” (de Lago Puelo, Chubut”); y la flamante editorial “Ediciones La Vida en el Bosque” (de la ciudad anfitriona).

El encuentro arrancó el jueves, cuando algunos de los escritores invitados (Sebastián Fonseca, y Eliana Navarro, de Bariloche; Carlos Sandoval, de Fisque Menuco; y Fer Gris, de Lago Puelo) dictaron talleres en varios colegios secundarios de Villa La Angostura y en la Biblioteca Popular. Asimismo, se inauguró en funciones el nuevo “Colectivo de la Biblioteca Bayer”: una unidad de transporte colectivo totalmente restaurada y equipada como espacio para cursos y charlas. Allí, Eliana Navarro y Carlos Sandoval dictaron sendos talleres de poesía y narrativa abiertos a la comunidad.

El sábado a la mañana tuvo lugar en la Biblioteca una charla/debate con el tópico “Escribir y publicar: arte y oficio”. A los escritores mencionados se le sumaron participantes de la comunidad, los integrantes del grupo literario “Alamberse!” (los promotores del evento), los escritores y editores Sebastián Di Silvestro (Ediciones Patagonia Escrita), Daniel Tórtora (Ediciones De La Grieta) y Daniel Schor (Ediciones Del Mañana). El debate, que tenía una duración programada de dos horas, terminó extendiéndose hasta pasadas las tres horas, dado el entusiasmo de los asistentes. En él, cada editorial, escritor y lector planteó y comparó sus puntos de vista sobre las características y problemáticas de los procesos editoriales de la región.

Ya a la tarde-noche, en Casa de la Cultura, tuvo lugar la doble fiesta que significó la Feria de los libros de las editoriales invitadas y la presentación de los libros de edichas editoriales. A las editoriales nombradas se le agregó “Ediciones Desmesura”, de Bariloche, de la mano de su director Javier Gil. Hubo además, una mesa para que todos los escritores regionales interesados acercaran su material para su exposición y venta.

En ese espacio, florecieron las presentaciones. El nuevo sello editorial de Villa La Angostura, “La Vida en el Bosque Ediciones Libres” tuvo su bautismo de fuego y presentó  dos de sus libros: la novela “Brazo Largo”, de Melina Pariente; y el poemario “¿Dónde estaré, entre tanto papel y dinosaurios que vuelan?”, de Noemí Cuenya.

Carlos Sandoval leyó sonoros y vistosos fragmentos de sus libros “Retazos de aire (… Memorias del viento)” (Fondo Editorial Municipal de General Roca, 2010) y “La luna y el canal grande” (Kuruf Ediciones, 2017).

Fer Gris y Daniel Schor, de Lago Puelo (Chubut) contaron el origen de “Ediciones Del Mañana” y las peripecias de adaptar al universo de la historiera la obra “Mascaró”, del gran Haroldo Conti.

Sebastián Fonseca, reciente ganador del Primer Premio del Concurso de Narrativa de la Editora Municipal Bariloche presentó su novela “Pueblo Perdido” y la escritora/editora Eliana Navarro especificó las bases del nuevo llamado a concurso de la editorial municipal barilochense.

También subió al escenario de Casa de la Cultura Javier Gil, quien mostró su incansable labor con “Ediciones Desmesura”, que viene desde el 2013 editando y distribuyendo gratuitamente sus folletos (que ya pasaron la barrera de las 70 ediciones), difundiendo ampliamente la obra de escritores, poetas e ilustradores de la Patagonia.

Luego le tocó el turno a Daniel Tórtora, quien en su rol múltiple de escritor, librero y editor, habló de las vicisitudes de esa triple labor, de la historia de “Ediciones De La Grieta” y leyó pasajes de sus libros “Variaciones sobre mi barrio” y “La respuesta por la cosa rara”.

La gala de las presentaciones cerró con Natalia Belenguer quien (en compañía de Cecilia Fresco) presentó su poemario “Territorios”, publicado el año pasado por Ediciones De La Grieta.

La noche tuvo música y poesía. Risas y emoción. Lectura y escucha atenta. Comunión de las partes. Eso que Borges llamó alguna vez “el hecho estético”.

Ya en la alta noche, las empanadas y el vino permitieron perpetuar un rato más las charlas, los intercambios de libros y de abrazos, el encuentro que no quería terminar.

Eduardo Mallea escribió: “Vivir es ir a las cosas con el cuerpo”. Estos tres días que duró el LEE en la Villa vivimos esa experiencia múltiple, total. Fuimos testigos y actores: un puñado de escritores, editores y lectores viviendo la palabra en toda su extensión, poniéndole todo el cuerpo a la palabra.

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Se vendió el Cerro Chapelco

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¿Por qué poner esta nota en la sección de cultura de la página de nuestra editorial?

Porque a veces hay cosas que parecen increíbles, de ciencia ficción, miserables hasta el extremo de no entender qué sucede con la justicia.

La entrega que realizan funcionarios y dirigentes de este país rompe con la más absoluta y abyecta entrega y falta de visión de futuro solo en pos de intereses económicos personales y de grupos concentrados de poder.

Que Telenoche haya hecho visible esta entrega desmesurada del Cerro Chapelco, vida turística invernal para San Martín de los Andes y otros pueblos cercanos, es solo el iceberg de la lucha que llevan adelante muchas organizaciones.

Este video es muy didáctico, podés verlo y compartirlo.

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EL TIPO QUE NUNCA LA VIO VENIR…

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El Juancho siempre había sido un tipo inescrupuloso. Por eso, aquel día del partido, aquella final contra el barrio vecino (un verdadero clásico), quedó la sensación que se había vendido, aunque nunca lo pudimos probar y él siempre lo negó.

Era el arquero del equipo, no porque tuviera cualidades especiales para el puesto sino más bien porque para jugar al medio era un negado, y al arco, con su físico grandote, se la rebuscaba mejor que cualquier otro.

El día de aquella final -hacía ya quince años-, todos recordábamos que el Juancho estaba nervioso. “No pasa nada, boludo”, decía él, pero tenía las manos sudorosas y esa mirada de reptil que era su sello distintivo cuando algo andaba tramando.

Con catorce años recién cumplidos, el Juancho llevaba ya una vida de malandra. “Estafador”, decía él con orgullo, como si fuera una profesión de esas en las que uno puede poner la chapa de bronce en la puerta de la casa.

Vendía de todo, y todo era robado o no funcionaba. Entre sus hazañas contaba la de recorrer las barriadas de trabajadores ofreciendo camisas a muy buen precio, las que prácticamente se deshacían al segundo lavado, o radios a transistores falladas, que difícilmente aguantaran un partido de fútbol de 90 más el alargue. Relojes igualmente truchos, y “joyas” que pretendían ser de oro y plata, conformaban su bolsa de engaños.

Cuando alguien le formulaba algún reparo ético, el Juancho repetía aquello de “el vivo vive del zonzo…”. En los relatos de sus andanzas, siempre quedaba como el más piola, y remataba sus historias de estafas con una sentencia categórica: “son una manga de giles”.

Cada tanto, “los muchachos” nos juntábamos a comer un asado, y siempre coincidíamos en el recuerdo de aquel clásico. Era, evidentemente, una herida que no había cicatrizado. Fue aquel un fatídico encuentro, con el marcador igualado a falta de tres minutos para el final. En ese momento en el que ninguno de los dos equipos arriesgaba por miedo a perder, el siete de ellos se escapó por la punta derecha, metió un centro llovido al borde del área, y el nueve –un flaco alto, bastante patadura- metió un frentazo sin mucha convicción, de esos tiritos que uno subestima.

Cuando ya nos dábamos vuelta, descontando que el Juancho la embolsaba fácil, escuchamos el murmullo de la gente que estaba detrás del arco, e inmediatamente un furioso grito de gol. La pelota, como pidiendo permiso, se le había escurrido entre las manos, le había pasado entre las piernas y, mansamente, había terminado en el fondo del arco.

Con el sabor amargo de la derrota, y mientras compartíamos unas gaseosas, el Juancho había amagado una explicación para tratar de apaciguar nuestra furia: “Había mucha gente en el área, estaba tapado muchachos. Cuando me di cuenta, la pelota ya se me había escapado. Les juró que no la vi venir…”.

Al cabo de los años, cada vez que le sacábamos el tema en alguna reunión (cuando todavía se juntaba con nosotros), él repetía siempre lo mismo: “no la vi venir”.

— ¿Alguien sabe qué fue de la vida del Juancho?— preguntó Carlitos. Uno de los que se quedó a vivir en el barrio, el Loco Mario, nos puso al tanto. “El Juancho vivía a unas tres cuadras de acá, en la casa que era de la madre. En el último tiempo trabajaba de manosanta, curandero, o algo así”. También recordaba que le había ido bastante bien con ese negocio, y hasta se había comprado un coche de esos para llamar la atención. Hasta que le pasó lo que todos en el barrio conocían y nosotros ignorábamos.

La cosa es que el “hacedor de milagros” (así se promocionaba el Juancho), atendía en su consultorio desde la tardecita hasta la medianoche. Curaba un poco de todo, prometía el retorno del ser querido y algunos otros prodigios, y un día por semana -los jueves-, se dedicaba a los exorcismos. A una de esas jornadas dedicadas a expulsar demonios ajenos llegó una rubia con buenas curvas, desesperada, buscando que el Juancho la ayudara.

Pero ese cuerpo endemoniado era demasiado bello, y el Juancho no aguantó la tentación. Comenzó a hacer su trabajo y en un momento dado le ordenó a la rubia que se quitara la blusa. Mientras, siguiendo un ritual improvisado que no formaba parte de su “técnica” habitual, él la recorría con sus manos tratando de salvar a la posesa.

Media hora después, ya con la rubia en ropa interior y sin que se comprobará algún tipo de resultado positivo, la mina le perdió el respeto al Juancho, comenzó a dudar de sus capacidades paranormales, y más que nada, se cansó de la que estuvieran manoseando de arriba abajo.

La cuestión que la rubia no solo no le pagó la consulta, sino que lo insultó y le gritó, casi desde la vereda: “ya vas a ver cuándo le cuente a mi novio”. Después se fue, y como durante un par de días no hubo noticias de ella, el Juancho pensó que el incidente no pasaría a mayores y que su prestigio seguiría intacto.

—¿Y qué pasó?­—, preguntamos varios al unísono. El Loco siguió el cuento, saboreando su protagonismo: “resultó que el novio de la rubia era el comisario, y cuando se enteró del fallido exorcismo, y del manoseo, le puso precio a la cabeza del Juancho. Fue muy raro, porque todos sabían quién era la mina, menos el Juancho, tan canchero él, tan piola y siempre dos pasos adelante de todos…”.

Se hizo un silencio, necesario como para sopesar las consecuencias de aquel grave incidente, y mientras todos nos imaginábamos mentalmente los apuros que habría pasado para organizar la huida hacia latitudes más seguras, el Polaco –que en toda la reunión no había abierto la boca-, se aclaró la garganta y dijo: “qué destino el del Juancho, esa tampoco la vio venir…”.

 

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